No es cosa fácil ni sencilla lo que ocurre actualmente en varios países europeos y en algunos de América Latina, incluyendo a El Salvador. Los focos de inconformidad de los jóvenes subsisten. El desempleo, la falta de oportunidades, el alto costo de la vida golpean todos los días. La participación de grupos organizados en las decisiones estratégicas del gobierno es todavía una asignatura pendiente. La democratización de las organizaciones obreras y campesinas sigue siendo meta lejana.
Lo último es más fuerte en América Latina, como si no hubiéramos aprendido nada de los tristes sucesos del pasado. Si algo tuvieron las dictaduras militares fue autoritarismo, represión generalizada y negación de todos los valores universales, incluyendo los proclamados por las Naciones Unidas como el derecho al sufragio libre, a la solidaridad, a la justicia social, al bien común y al respeto a todas las libertades. Europa, en cambio, se mueve en una especie de círculo vicioso donde se alientan tales libertades; pero en el fondo, se reprimen las manifestaciones juveniles y se descartan las aspiraciones a una vida mejor, dejando de lado los graves errores cometidos por el capitalismo y los capitalistas. ¿A dónde van a parar todas las ganancias de las fábricas e industrias establecidas? ¿Quiénes mantienen vigente las desigualdades y la explotación en las sociedades? ¿Por qué las empresas se descapitalizan y se dejan sin empleo a miles de personas, millones sólo en España?
En los recintos de la educación superior no se vislumbran cambios favorables, las inconformidades han crecido, formando una atmósfera caótica y explosiva, o lo que es peor, de indiferencia y abstención. La conjura contra los jóvenes y sus institutos pone en peligro el futuro del país y a la confusión y la anarquía no se oponen sino declaraciones intrascendentes y atentatorias, como eso de la “educación es parte de la mercancía”. Nos referimos concretamente a Chile, donde diariamente los jóvenes universitarios y de secundaria se manifiestan exigiendo mayor apertura, menos costo de la educación y declaración oficial de “no a la privatización”. Para diluir su responsabilidad el gobierno afirma que todos esos movimientos “son alentados por la oposición y dirigidos por mentes perversas”. Fácil. Palabras que hacen sonreír a quienes conocen la realidad chilena. Sabido es que en la llanura de la política latinoamericana ni el más débil tallo de hierba se dobla si no lo mueve el viento de la oligarquía. Desde luego, hay saludables excepciones en Venezuela, Ecuador, Bolivia y quizás en Argentina.
Pero hay algo, de más profunda gravedad, que el analista político no puede desdeñar. La misión esencial de los gobiernos, en la que aún los más escépticos han puesto su esperanza, era la posibilidad de lograr la paz de las conciencias y el retorno a los modos legales, civilizados, de la convivencia. En el caso particular de nuestro país, ello es más evidente. A lo largo de los años hemos tenido diversas conflagraciones, pequeñas y grandes revueltas, verdaderas revoluciones e intervenciones militares para supuestamente contener las ansias de libertad del pueblo. Es decir, contamos con la experiencia y el legado de un pasado con sus distintas interpretaciones. Aquellos fueron regímenes autoritarios, represivos, impuestos y sostenidos por la oligarquía y la venia de los Estados Unidos. ¿Qué tenemos actualmente? Deberíamos decir, un gobierno distinto, al menos en la apariencia.
No obstante, las prisiones se han poblado nuevamente de jóvenes y el hecho es igualmente sombrío si se trata de delincuentes comunes o de suicidas políticos. Ambos extremos angustian. Si los jóvenes delinquen masivamente, sin motivaciones políticas, en algo todo nuestro sistema social es deleznable e ineficaz. Decir que son delincuentes comunes explica poco, si no logramos aclarar el complicado proceso que los lleva a usar la violencia como medida extrema, y si se trata de jóvenes impulsados por sentimientos o razones políticas es visible que no hemos sabido orientarlos o que mantenemos un sistema social éticamente inválido, contra el cual se rebelan. La prensa diaria ha denunciado hechos que parecen cosa del pasado.
En España, para reflejar un ejemplo en el Viejo continente, los jóvenes han declarado su malestar creciente por las nulas oportunidades que encuentran luego de egresar de las universidades o de institutos tecnológicos para desempeñarse en la sociedad. También hacen justos reclamos por el despilfarro observado en el gobierno (incluyendo los insultantes gastos millonarios hechos por los reyes y príncipes para sostener castillos y palacios, establos y campos, con impuestos pagados por el pueblo), por el daño permanente al medio ambiente y por continuar manteniendo a toda costa un sistema social y económico totalmente inhumano.
Esos miles de jóvenes tanto en España como en Chile, han declarado públicamente no estar ligados a grupos confesionales, y en el rechazo total al terrorismo o la violencia como medios útiles en su lucha social. Es más cuando han sido atacados por los uniformados únicamente levantan sus manos en señal de “ser sus armas” para la defensa. Les interesan sus reivindicaciones, salvar la dignidad del ser humano y mantener el respeto a la ley, esto es, el decoro de sus respectivos países como naciones.
El origen de estos movimientos no debe perderse de vista, no se trata de brotes de inconformidad aislados, responden a una situación desesperante, a una realidad tan agobiante difícil de ignorar. En estas condiciones, ser una líder, un gran gobernante, un estadista de genio, no es fácil. Se necesita de la conjunción afortunada de elementos extraordinarios: amor a su país, valor, educación política, genio creador y, por encima de todo esto, la coyuntura histórica que permita que esas virtudes cristalicen. Desgraciadamente, para los españoles la situación se va haciendo tarde. El tiempo conspira contra ellos. Ya la monarquía no resiste el paso de los cambios ni de los acontecimientos mundiales. En el caso de Chile, todavía los procesos electorales son una salida y los jóvenes nada más esperan soluciones efectivas de corto plazo. ¿Hasta cuando durará? Sólo el tiempo medido en claras respuestas a demandas populares, lo dirá.





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