La capacidad mental, creadora, del ser humano ha sido grande a través de la historia de la humanidad: investigando en el campo de la ciencia, la medicina, la tecnología, adentrándose en las profundidades del mundo físico y arrancando a la naturaleza el secreto de sus leyes, para utilizarlas, domeñarlas y, victoriosamente, afirmar la superioridad de la razón humana. Los religiosos y los cristianos incluirían en este gran enigma al Ser Superior, el que supuestamente concede las llaves y el permiso para hacer todas las transformaciones; pero, cuando la reflexión se proyecta en ese gran misterio terrenal que es el hombre -- individual o colectivo-- ésta ha debido detenerse ante lo inescrutable de la psicología individual y de los hechos sociales, debiendo -- impotente y respetuosa-- reconocer su incapacidad para captar las esencias del alma individual y colectiva.
No busquemos más allá de lo real, de lo verificable y lo creíble. Tal sucede con un hecho que permanece inaccesible a la mente del hombre, mencionemos también a la mujer, por aquello del respeto al género. Este hecho es, la existencia en el mundo del poder y, más específicamente del poder político; de la circunstancia evidente de que un grupo de seres humanos elabora las leyes y las normas de vigencia obligatoria y el otro, las acata, y no necesariamente las cumple, (incluimos aquí el poder económico para desobedecer normas, leyes, convenios y reglamentos) so pena de sufrir las sanciones correspondientes.
En este país donde nacimos y nos desarrollamos, no todo transcurre con normalidad y eficacia. Hemos tenido la experiencia de las sentencias emitidas por la Sala de lo Constitucional, los disparates cometidos por los diputados de la Asamblea Legislativa y las sanciones apresuradas del Presidente de la República. En todo caso, el poder político, lo conocemos, lo acatamos, lo sufrimos y aún lo impugnamos; sabemos o creemos saber lo que es el poder y lo que el poder hace, pero la mente humana, jamás ha sido capaz de captar su sustancia y su esencia. El fenómeno del poder es, sin discusión alguna, el fenómeno esencial de la vida política.
En sociedades tan débiles, con democracias e instituciones públicas tan deficientes, como la nuestra, el poder real lo ejerce una minoría económicamente poderosa. Con todo, siempre habrá un ente rector. El simple, desnudo dato que nos ofrece la realidad, al margen de cualquier dialéctica, así como de doctrinas o ideologías, nos afirma en la convicción de que en las sociedades humanas, siempre se encuentra un órgano unificador o bien coordinador de las actividades de los miembros de dichas sociedades, como una exigencia, ineludible de la posibilidad de la vida en común, del orden y de la paz y, más aún, de la justicia. ¿Será posible tanta belleza y autenticidad en un país como el nuestro? Venimos de una dilatada dictadura militar, de un autoritarismo dañino y, por cierto, de enormes brechas de desigualdad donde unos pocos, un 3% de la población, lo tiene todo, y las mayorías se consumen en la pobreza y en la marginación social.
En esta situación, la misma realidad objetiva, sin necesidad tampoco de ninguna construcción conceptual, nos muestra -- o nos descubre-- la existencia en la vida social de tres factores autónomos, pero que se implican y se relacionan entre sí: el orden, el poder y la libertad. Trilogía clásica, heredada de los grandes filósofos y juristas franceses, en la que se resumen todos los elementos del problema político. Aunque entre estos tres elementos existan vínculos de parentesco, aunque la libertad sea una especie de poder y el poder una especie de libertad; aunque el orden exista con base en el poder; es, sin embargo, tan imposible subsumir uno en otro u otros, como suprimir cualquiera de ellos. Es también imposible aislarlos, porque recíprocamente se complementan: la libertad tiene necesidad del orden, no sólo porque todo desorden es un obstáculo práctico al ejercicio de ella, sino también por una razón más elevada, porque en su principio, la libertad no es más que la facultad de conformarse, espontáneamente con el orden y porque desde luego, es necesario el orden en el Estado para que tenga lugar la libertad y no únicamente la licencia. Como contrapartida el orden tiene necesidad de la libertad; por sí solo sería inmóvil, pero la ley de la vida es el movimiento y el cambio y la libertad se lo proporciona. En actitud siempre ominosa, queda siempre el poder.
En fin, el poder es una relación socio-política, basada en un recíproco efecto, entre los que detentan y ejercen el poder que, en consecuencia, podríamos llamar, “los detentadores del poder” y aquéllos a los que va dirigido que, en correspondencia, podríamos llamar “los destinatarios del poder”. Esta es la sustancial realidad de la vida política: la coexistencia entre los detentadores del poder y los destinatarios del mismo. El poder, considerado en sí mismo, es un elemento objetivo del acontecer político, sin ninguna calificación ética; sin embargo, resulta evidente que el poder incontrolado es, por su propia naturaleza malo. El poder encierra en sí mismo, la semilla de su propia degeneración. Esto quiere decir que cuando no está limitado, el poder se transforma en tiranía y en arbitrario despotismo. De ahí que el poder sin control adquiera un acento moral negativo, que revela lo demoníaco en el elemento del poder y lo patológico en su proceso.
No busquemos más allá de lo real, de lo verificable y lo creíble. Tal sucede con un hecho que permanece inaccesible a la mente del hombre, mencionemos también a la mujer, por aquello del respeto al género. Este hecho es, la existencia en el mundo del poder y, más específicamente del poder político; de la circunstancia evidente de que un grupo de seres humanos elabora las leyes y las normas de vigencia obligatoria y el otro, las acata, y no necesariamente las cumple, (incluimos aquí el poder económico para desobedecer normas, leyes, convenios y reglamentos) so pena de sufrir las sanciones correspondientes.
En este país donde nacimos y nos desarrollamos, no todo transcurre con normalidad y eficacia. Hemos tenido la experiencia de las sentencias emitidas por la Sala de lo Constitucional, los disparates cometidos por los diputados de la Asamblea Legislativa y las sanciones apresuradas del Presidente de la República. En todo caso, el poder político, lo conocemos, lo acatamos, lo sufrimos y aún lo impugnamos; sabemos o creemos saber lo que es el poder y lo que el poder hace, pero la mente humana, jamás ha sido capaz de captar su sustancia y su esencia. El fenómeno del poder es, sin discusión alguna, el fenómeno esencial de la vida política.
En sociedades tan débiles, con democracias e instituciones públicas tan deficientes, como la nuestra, el poder real lo ejerce una minoría económicamente poderosa. Con todo, siempre habrá un ente rector. El simple, desnudo dato que nos ofrece la realidad, al margen de cualquier dialéctica, así como de doctrinas o ideologías, nos afirma en la convicción de que en las sociedades humanas, siempre se encuentra un órgano unificador o bien coordinador de las actividades de los miembros de dichas sociedades, como una exigencia, ineludible de la posibilidad de la vida en común, del orden y de la paz y, más aún, de la justicia. ¿Será posible tanta belleza y autenticidad en un país como el nuestro? Venimos de una dilatada dictadura militar, de un autoritarismo dañino y, por cierto, de enormes brechas de desigualdad donde unos pocos, un 3% de la población, lo tiene todo, y las mayorías se consumen en la pobreza y en la marginación social.
En esta situación, la misma realidad objetiva, sin necesidad tampoco de ninguna construcción conceptual, nos muestra -- o nos descubre-- la existencia en la vida social de tres factores autónomos, pero que se implican y se relacionan entre sí: el orden, el poder y la libertad. Trilogía clásica, heredada de los grandes filósofos y juristas franceses, en la que se resumen todos los elementos del problema político. Aunque entre estos tres elementos existan vínculos de parentesco, aunque la libertad sea una especie de poder y el poder una especie de libertad; aunque el orden exista con base en el poder; es, sin embargo, tan imposible subsumir uno en otro u otros, como suprimir cualquiera de ellos. Es también imposible aislarlos, porque recíprocamente se complementan: la libertad tiene necesidad del orden, no sólo porque todo desorden es un obstáculo práctico al ejercicio de ella, sino también por una razón más elevada, porque en su principio, la libertad no es más que la facultad de conformarse, espontáneamente con el orden y porque desde luego, es necesario el orden en el Estado para que tenga lugar la libertad y no únicamente la licencia. Como contrapartida el orden tiene necesidad de la libertad; por sí solo sería inmóvil, pero la ley de la vida es el movimiento y el cambio y la libertad se lo proporciona. En actitud siempre ominosa, queda siempre el poder.
En fin, el poder es una relación socio-política, basada en un recíproco efecto, entre los que detentan y ejercen el poder que, en consecuencia, podríamos llamar, “los detentadores del poder” y aquéllos a los que va dirigido que, en correspondencia, podríamos llamar “los destinatarios del poder”. Esta es la sustancial realidad de la vida política: la coexistencia entre los detentadores del poder y los destinatarios del mismo. El poder, considerado en sí mismo, es un elemento objetivo del acontecer político, sin ninguna calificación ética; sin embargo, resulta evidente que el poder incontrolado es, por su propia naturaleza malo. El poder encierra en sí mismo, la semilla de su propia degeneración. Esto quiere decir que cuando no está limitado, el poder se transforma en tiranía y en arbitrario despotismo. De ahí que el poder sin control adquiera un acento moral negativo, que revela lo demoníaco en el elemento del poder y lo patológico en su proceso.





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