Estamos viviendo tiempos odiosos, terribles, la barbarie llega a los extremos de bombardear y masacrar pueblos enteros, organismos militares internacionales como la OTAN se arrogan el “derecho” de lanzar miles de bombas y misiles contra la población civil en Libia; pero también cumplen similar papel en Pakistán y Afganistán. Todo, paradójicamente, cuenta con el aval de las Naciones Unidas, organización que pretende mantener la paz y la seguridad mundiales y promover la cooperación entre las naciones. Todo se realiza a la luz pública, pero con el silencio cómplice de muchos.
Nos dicen, en realidad, que si bien se habla cada día menos, esto no significa que se haya perdido la capacidad de hablar, denunciar y la voluntad de expresarse. Al menos los medios alternativos y los espacios como este, nos permiten alzar la voz y señalar culpables directos de genocidio cometidos contra naciones indefensas. Mucho poder económico y militar pueden tener los Estados Unidos, pero no han logrado acallar las voces de denuncia y solidaridad contra pueblos oprimidos y sometidos a salvajes e irracionales bombardeos. Guerras modernas como la actual han sido vistas muy pocas veces en la historia de la humanidad. La OTAN masacrando a un pueblo indefenso, como Libia, sin tener ninguna oposición, ninguna baja en sus filas, por cuanto no existe resistencia, sin siquiera con hondillas, a semejante barbarie.
En todo caso, atreverse a hablar a la conciencia de los silenciosos…eso es lo imperdonable o lo demencial. Se recuerda muy bien al ex presidente George W. Bush, cuando alineó a los Estados en buenos y malos. Y justo con esa “santa cruzada” lanzó despiadados ataques contra las poblaciones indefensas de Afganistán e Irak. En el fondo, todos sabemos que las guerras en principio y al final tienen razones económicas. Libia no es la excepción. El petróleo y las reservas monetarias arriba de los 160 mil millones de dólares depositados en bancos europeos son la excusa perfecta. Al menos el descaro del presidente francés así lo confirma al adelantar que el 40% de las acciones de los recursos petroleros de Libia les pertenecen.
En segundo plano quedan las firmas estampadas en declaraciones universales y convenios sobre derechos humanos. No tiene importancia, pasan sobre papeles y principios escritos con dolor y sangre. Francia y Estados Unidos saben mucho de esto, pues surgieron de procesos independistas dolosos. En cambio ahora nada más se atiende a los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde el solo veto de un país es suficiente para rechazar resoluciones mayoritarias de los países del mundo. Tal ocurrirá con el pedido de Palestina para ingresar como país miembro de la ONU.
¡Cómo cambian los tiempos! Antaño, antes de la Segunda Guerra Mundial había organizaciones que defendían a los perseguidos. La Solidaridad Internacional Antifascista de los anarquistas, el Socorro Rojo de los comunistas, el Fondo de Solidaridad de los socialistas. No había organizaciones de este tipo de carácter derechista porque las derechas hacían el papel de perseguidoras.
Hoy, nada de estos existe. Lamentable que unas que otras se hayan plegado a intereses imperialistas. Por eso la OTAN y el mismo Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pueden actuar con total impunidad. Se dice que nada más, para defender a los prisioneros de conciencia, existe Amnistía Internacional. Fue fundada en 1961 por un inglés, y desde entonces se han constituido secciones de la misma en muchos países. Se sostiene con las aportaciones voluntarias de los silenciosos que se sienten representados por quienes hablar y por hablar están encarcelados, a menudo torturados, con frecuencia sin juzgar, aislados e incomunicados. Estados Unidos sabe mucho de esto, hacen juicios amañados, solapados y castigan a quienes sólo ellos consideran culpables. Las cárceles de Guantánamo, base militar de este país imperialista en tierras de Cuba, son testimonio elocuente de lo dicho; pero también tienen similares prisiones en muchos países del mundo. La prepotencia imperial también mantiene en prisión a cinco ciudadanos cubanos acusados de conspiración terrorista, cuando todos conocen que tales personas cumplían actividades distintas al mantener observación permanente sobre las acciones de cubanos anticastristas en Miami.
Dar dinero o tiempo a Amnistía Internacional no significa que se esté de acuerdo con lo que tal o cual prisionero de conciencia sostiene, sino que se defiende su derecho a decirlo, y que se da uno cuenta de que esos prisioneros de conciencia, sean cuales fueren sus ideas, por el solo hecho de que las expresaron a todo riesgo, forman una selección -- palabra odiosa--, el núcleo de lo más idealistas, de los capaces de convencerse de algo, poco importa que, hasta el punto de arrostrar prisiones y tortura por defenderlo. Perseguir a alguien por hablar es injusto. Es, posiblemente, la injusticia mayor de nuestra época. Y hablar es la necesidad número uno de nuestro tiempo. Es obligación de todos denunciar a Estados Unidos, a sus halcones del pentágono, a la industria armamentista, por tanto crimen cometido en nombre de la humanidad, de las libertades (por cierto es insólito que grandes deportistas de esta nación rindan pleitesía y admiración a sus militares porque “están luchando y dando sus vidas por nuestras libertades”. Por Dios hasta que grado de insensatez hemos llegado) y de la democracia.
Atila mató a millares, en masa, sin pestañear y se vanaglorió de ello.
Hitler mandó a matar a seis millones de judíos, pero lo mantuvo en secreto.
Entre esta vanagloria de Atila y ese secreto de Hitler está toda la historia, tan larga y tan reducida, del progreso de la conciencia humana.
Estados Unidos de Norteamérica y la OTAN, no matan menos, pero se procura justificar el crimen. Señal de que el hombre lo acepta menos que en el pasado. Una manera de manifestar esta no aceptación es por la palabra. Los que están encarcelados por haber hablado, los prisioneros de conciencia, en fin de cuentas se hallan en la prisión por habernos defendido y por haber dicho lo que muchos otros sólo pensamos. Los cinco cubanos están presos, con condenas infames, por luchar precisamente contra el terrorismo y la barbarie. No han cometido ningún delito contra la estabilidad y la supuesta democracia de Norteamérica; pero se les priva de su libertad y de su legítimo derecho a la vida.
Si en verdad queremos luchar por la humanidad, por las verdaderas libertades y el derecho de los pueblos a darse el sistema y la vida que mejor les parezca, debemos de acudir a la palabra, la denuncia y la solidaridad constante contra los oprimidos del mundo. Los que están encarcelados por haber hablado, los prisioneros de conciencia, en fin de cuentas se hallan en la prisión por habernos defendido y por haber dicho lo que muchos otros sólo pensamos.
Son el único escudo que el hombre de bien tiene frente al poder. Y nosotros, los silenciosos, los que no tenemos acceso a los “grandes medios de comunicación”, somos la única protección que ellos tienen.





1 comentarios:
Un amigo mío siempre dice que cuando los historiadores estudien el siglo XXI no se sorprenderán por las grandes barbaries cometidas, sinó por el silencio de todas las buenas personas. Me pareció muy acertado para la ocasión ;-)
anna
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