19.9.11

La dialéctica y los políticos

En los últimos años han proliferado en el ámbito nacional los así llamados “analistas políticos”, la mayoría de ellos posesionados en la derecha, otros superficiales y profetas o pitonisas del desastre. Los hay con cierta capacidad y virtuosismo para ver más allá de sus narices y explorar el incierto futuro de este país. Al igual que los diputados, no poseen estos caballeros (los analistas) esa calidad dialéctica tan importante como necesaria para profundizar en variados temas. Por fraterna que resulta la dialéctica a la palabra, al discurso y al coloquio, la equivalieron siempre al arte menor de proferir conceptos desde una tribuna. La confundieron con la retórica, oficio simplón de los políticos.

“Cuando no tenga oficio les ruego me ofrezcan participar en la política”, decía cierto personaje. Sin pretensiones de academizar, conviene no obstante explicar que la dialéctica con todo y estar hermanada a la palabra, nada tiene que ver con el bla, bla, bla del orador. En realidad se trata de un método discursivo que al tiempo que plantea es refutado y que cuando se torna convincente es porque de aquí para allá y vuelta, han mediado muchos análisis, muchas revisiones, muchas síntesis. Cuando combinados razonamientos imponen finalmente la conclusión puede decirse que se actuó dialécticamente.

De hecho, todos los sucesos que el hombre contempla, exigen un tratamiento dialéctico si se quiere otorgarles causalidad y efectos veraces. Si solamente se quiere juguetear con ellos bastará echar mano de la retórica.

Les decía que los diputados salvadoreños carecieron siempre de aptitudes para moverse en el campo majestuoso de la lógica comparada. Cuando se “trepan” a la tribuna sus labios se vuelven omnisapientes, rotundos, definitivos en su sabiduría. De ese modo, discerniendo al capricho, concluyendo por sí solos, pudieron muchos políticos construir de la nada, jalándola desde el fondo de su particular metafísica, la versión de un moderno Fouché o de un Cromwell, encaminada a minar la imagen del gobierno o de sus rivales políticos. Falta de fundamento dialéctico, la imagen tremendista de la mayoría de diputados, incluyendo muchos de la llamada “izquierda”, tiene menos valor que un centavo en la economía dolarizada.

El otro día en una de esas tormentosas reuniones de la Asamblea Legislativa, dijo cierto diputado que el rumor, la insidia, el infundio y las campañas mediáticas estaban siendo utilizados en contra del gobierno. Ahora bien, la palabra gobierno puede interpretarse de muchos modos diferentes si se le sabe envolver en metáforas y silogismos (¿saben los señores diputados su significado literario y como se usan?), pero inscrita en el parco presente indicativo como lo hizo el “representante” del pueblo, significa inequívocamente gobierno derechista.

Pues bien, ninguno de los elementos o ingredientes que se enlistan en el impresionante catálogo desquiciante, ha sido fabricado para agraviar, mortificar o desmerecer la gestión de don Mauricio. La agravian, mortifican y desmerecen por razones de actualidad, porque el tiempo-espacio donde ocurre el mandato del señor Funes es el mismo donde hacen explosión aquéllos. Nos explicamos.

Hubo en tiempos no tan lejanos un mandatario que se dio marco constitucional y dentro de ese corte enjundioso suscribió toda suerte de ordenamientos oficiales. Tan pretenciosos como ajenos al ánima nacional, tan ampulosos como ligeros, tan técnicos como imprácticos, los preceptos embrionarios de nuestra actualidad política, trajeron a los salvadoreños desasosiego, insatisfacción, iracundia, ganas de protestarlos a como diera lugar. En el presente el encargado del Ejecutivo, en ocasiones reiteradas, ha explicado sin tapujos las imperfecciones del Estado, la cruel desigualdad en la sociedad, la pobreza extrema de miles de compatriotas y la urgencia de destruir el pasado infame, los decretos y leyes oprobiosas y comenzar a caminar por senderos de verdadera democracia, paz y justicia social.

El mandatario (o los) al cual nos referimos -- por favor del sujeto hay que pasar a la institución para continuar la línea dialéctica-- nació torcido. Y así, deforme, grotesco, se eslabonó en otros subsecuentes. Cuantos los fueron encabezando los recibieron como un sacerdote la hostia consagrada y en su mayoría fueron incapaces de cuestionar la imagen cada vez más contrahecha, a fuerza de incorporarle éste una lesión permanente y aquel otro una joroba.

Uno arremetió contra los estudiantes universitarios y produjo una matanza en la 25 avenida sur, frente al Seguro Social, en 1975; otro intervino la Universidad bajo el lema de “definición, decisión y firmeza”; el mismo que se ufanaba en decir “campesinos del campo”; días más tarde como el cangrejo dio miles de pasos atrás para recordarle al pueblo que siempre estará bajo el dominio de la cruel e insensible oligarquía. Y podíamos recordar la historia y apenas comenzar con el “brujo” de 1932 y el genocidio de la población indígena.

En fin, el árbol -- el gobierno si me aceptan la metáfora-- siguió, pues, torcido. Hubo quienes lo podaron, estucaron, injertaron y hasta inseminaron con híbridos espectaculares. Pero ninguno se decidió a tirarlo, por más que era manifiesto que su sombra sacaba ronchas a la ciudadanía, corroía la moral de la administración pública y provocaba cánceres espantosos en el organismo de la república.

El señor Funes heredó el viejo tronco. Pero menos conforme son su diseño, más valiente y moderno, le ha metido contradictorias y confusas manos. Una rama, así de gruesa, vital que parecía al añoso vegetal, fue desgajada sin miramientos; la condensada opacidad que empeñosas arañas tejieron entre el follaje, arrancada sin disimular la repugnancia; un trozo enorme de corteza que hervía de gusanera administrativa y una sucia raíz ideológica que sobresalía de la fosa secular, violentamente mutiladas. No, estamos soñando, hablando del “deber hacer”, de una utopía.

Menos disponer que lo arranquen de cuajo, el señor Funes no ha intentando nada con el árbol siniestro, ni siquiera para cambiarle el trazo. Ha faltado valentía, pundonor, ahora sí, decisión, definición y firmeza y no esa simple alegoría de unir, crecer e incluir. Su Secretario de Asuntos Estratégicos, ahora también designado a la presidencia, continúa hablando de sus ideas de visionario, de su talante insobornable; pero eso en el dicho, en el hecho, ni siquiera ha ennoblecido la imagen del árbol. Muchos quisieran, recuerden estamos en la metáfora, que derribara el árbol de la injusticia y sembrara el país de una arboleda justa, digna, equitativa y distributiva para las mayorías poblacionales.

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