No es de ahora: la oligarquía salvadoreña, por medio de sus representantes empresariales, siempre se ha opuesto a las más mínimas reformas o al pago de impuestos, reales y honestos por supuesto, como exigen las leyes fiscales de la república. “Demandamos del gobierno austeridad y un plan para generar empleos y reactivar la economía”, advierten. He aquí una de las consecuencias de la política oficial, el encrespamiento insolente de las clases poderosas del país. Ya ni siquiera necesitan que se anuncien tímidas medidas que eventualmente lesionarán sus intereses. Les basta con una simple exhortación, pongamos por caso, el anuncio de un impuesto a la seguridad a los capitales arriba de los 500 mil dólares, para que las “cúpulas empresariales” salgan en defensa de sus “derechos”.
Y sus arremetidas y alegatos llegan a los extremos de la ferocidad sin tapujos. Los señores de la ANEP, la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador, la Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI) y otros especimenes del mismo árbol, no están de acuerdo con ninguna medida que busque estabilidad y prosperidad de las clases más necesitadas, con lo cual dan un deplorable espectáculo de miopía política, pues el mandatario y sus funcionarios no son personas que alienten en las “luchas revolucionarias” o se adhieran a determinado modelo o sistema como el Socialismo del Siglo XXI (“estamos en contra de la implantación del comunismo en nuestro país”, repite el señor Andrés Rovira, presidente de GANA y testaferro de la oligarquía), sino más bien hombres del sistema.
Es lógico suponer, entonces, que tanto para el presidente de la república, como para sus funcionarios, la propiedad privada, mientras más grande mejor, tiene prestigios de lo sagrado. Pero esta aparente paradoja tiene explicación sencilla: quieren seguridad, estabilidad y desarrollo económico, mayores ganancias, pero sin la intervención del gobierno. Y como saben que tienen bajo su dominio el control mediático y el poder económico, acuden a la provocación, a las acusaciones sin sentido y lo más aberrante, a pasar ante el pueblo como las víctimas del acoso y la persecución de un régimen con “características socialistas”.
Estos dos años y medio del gobierno actual son prueba suficiente de que su estilo político suscita y favorece estas actitudes, que como hemos apuntado se internaron desde el principio del mandato por el camino de la insolencia. Lo dicho: comprendemos el estilo político del mandatario. Lo entendemos en esta medida: preocupado por gobernar desde una rigidez implacable, tiende a quedar bien con todos y no a una conciliación con todos, cosa muy distinta. Las realidades nacionales le van demostrando una y otra vez en la recta final de su mandato que conciliar el hambre con la riqueza, puede ser, todo lo más, una hermosa utopía; pero ya sabemos que no hay tal lugar. Lo reiteró en su mensaje en las Naciones Unidas al recordar que en “El Salvador hay mucha pobreza y desigualdad en la sociedad”.
Muy extraño parece pues durante este régimen se continuado con la desagradable paradoja de “buscar aliviar la pobreza, alcanzar la paz y la justicia social” y suscitar en cambio la violencia. La anarquía es patente en esta sociedad, sólo basta comprobar que no existe empleo para los cientos de egresados cada año de las universidades e institutos superiores. Lo reiteramos su “ánimo conciliador” (si nos atenemos a esos llamados constantes a reunirse en Casa Presidencial con todos los representantes del sector empresarial, con los transportistas, con los dirigentes magisteriales y paremos de contar) lo conduce a vacilaciones y sorprendentes cambios de actitud que como es natural aprovechan tirios y troyanos para llevar agua a su particular molino. Y las consecuencias no invitan ni al entusiasmo ni al optimismo. Pero uno añadiría que los salvadoreños, ante las insólitas provocaciones y acusaciones al poder público hicieran a éste reaccionar de manera firme, enérgica y sin titubeos. Es evidente que una vez comprobada la imposibilidad de conciliar intereses en pugna, el camino a seguir no parece ser otro que el de la elección: elegir entre esos intereses el que tiene preferencia en los afanes gubernamentales y dársela.
Es rasgo de una política tan indecisa y tan “conciliadora” dar por resueltos problemas que nada más quedan pendientes. En estos días, sigue siendo la inseguridad ciudadana y la oposición al impuesto a la seguridad, el caso típico para la ilustración. La política comentada nos lleva a pensar que la aceptación de las peticiones de los representantes empresariales (además de la reducción de los gastos presidenciales, de la austeridad en general, de la focalización de los subsidios, de “reglas claras” para la inversión y no “castigar a la empresa privada con más impuestos, la reestructuración del gabinete de seguridad) “resuelve” agudas contradicciones entre oligarcas insolentes y la ciudadanía desesperada. Suscitará, al contrario, mayores inconformidades. No se trata de “aceptar consejos”, se trata de compartir responsabilidades.
El Ministro de Hacienda hace tiempo habló de “grandes empresarios” que evaden impuestos, lo señaló también un ex embajador de los Estados Unidos, porqué entonces las cúpulas empresariales no aceptan sus propios errores, al menos de algunos de sus agremiados, y comienzan a cumplir con “esa sagrada misión” de tributar honestamente para exigir mayores responsabilidades al gobierno. Es nada más un primer paso para resolver un problema, como el de la violencia que sigue intacto. Se limpiará un poco de su smog el contaminado aire nacional, cuando se vaya viendo, si es que se ve, que se intenta encarar el problema en su conjunto (erradicación de la delincuencia común, el crimen organizado, la evasión y elusión de impuestos, el contrabando, la corrupción en general) y que se buscan a fondo y en serio soluciones adecuadas para llevar un mínimo de tranquilidad a la población salvadoreña.
Nadie, entonces, tendrá la impertinencia de afirmar que gobernar es fácil; sobre todo en el caso del actual mandatario y de su gabinete de gobierno, heredero de viejas injusticias agravadas. Pero empeñarse en caminar al filo de la navaja o en esa especie de equilibrista de circo sobre un cuerda, puede resultar que no se camine en absoluto.





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