"Aunque nuestra patria sea chiquita nosotros la soñamos grande"
Rubèn Darìo
Los salvadoreños han esperado por demasiado tiempo que los sucesivos gobiernos resuelvan los graves problemas de insalubridad, desempleo, injusticia social, falta de oportunidades para la educación, marginación, alto costo de la vida y mucho más. Sin embargo, no se han logrado sentar las bases para establecer equidad en la sociedad, ni siquiera ha sido posible acceder a mínimas condiciones de vida como lo demuestran claramente los índices de inversión social.
Los factores señalados, más otros como los constantes fraudes electorales y el acaparamiento de la tierra y otros bienes de producción concentrados en un 3% de la población salvadoreña, llevaron a sucesivos levantamientos hasta culminar con la cruenta guerra civil de un poco más de diez años. A pesar de los miles de muertos, de las masacres, de la desintegración familiar producida por la migración hacia los Estados Unidos y otros países en busca de mejores condiciones de vida, no escarmentamos y continuamos profundizando la desigualdad y ampliando la brecha entre los que lo tienen todo y los miles de salvadoreños sin lograr satisfacer o tener acceso a la canasta básica alimenticia.
Un pequeño país como el nuestro debería ser un ejemplo de solidaridad, de fraternidad, de paz y justicia social; pero existe demasiado egoísmo y avaricia en las clases más pudientes; además de la tolerancia e incapacidad de los gobiernos para atender todas las necesidades de la población. Aquí todavía no hemos realizado una verdadera reforma agraria, no contamos con un sistema integral de salud y educación; es penoso comprobar los altos índices de deserción escolar y el vergonzoso analfabetismo entre grandes capas de la población.
Con apenas 21 mil kilómetros de extensión territorial, adolecemos de cobertura en salud pública, de graves problemas de insalubridad (miles de campesinos todavía no cuentan con servicio de aguas negras y sus excretas las expulsan al aire libre) y de una falta de infraestructura educativa eficiente que permita a los niños de las áreas rurales siquiera acceder a los primeros años de educación primaria. No contamos tampoco con vías de comunicación en buen estado y grandes segmentos de la población siguen incomunicados teniendo que caminar muchos kilómetros para hacer sus diligencias o visitar a sus familiares o centros de salud en otras comunidades.
Los cordones de miseria en las grandes ciudades, sobre todo San Salvador, San Miguel y Santa Ana, son producto tanto de la migración de las áreas rurales, como de la falta de oportunidades de trabajo para miles de salvadoreños. Nunca se atendieron las iniciales demandas de educación para los hijos de estas familias y tanto la improvisación de la mano de obra como la delincuencia germinaron libremente en las zonas de miseria y marginalidad. Desde tiempos de los gobiernos del PCN la Policía Nacional tenía registrados los lugares donde proliferaba la delincuencia común, tenía censados a los delincuentes e, inclusive, los tenía bien descritos como los esquineros, los brincadores, los carteristas, estafadores y otras nominaciones utilizadas en el bajo mundo.
Cuando necesitaban tirar cortinas de humo debido a problemas en la economía, por realizarse en el país un evento de gran magnitud o por la visita de un presidente extranjero, no vacilaban en ejecutar grandes redadas de delincuentes comunes. Exactamente como ocurre en la actualidad cuando se quiere aparentar un trabajo diligente y eficiente contra el narcotráfico: nada más acuden a las comunidades ya conocidas como La Fortaleza para capturar a los llamados “pucheros” o distribuidores menores de marihuana y el conocido “crack”. El trabajo o investigación a gran escala para detener a los grandes mafiosos nunca se hace o inexplicablemente se detiene en determinado punto, como bien lo denuncia a cada instante el experto en drogas, Carlos Avilés.
Por ello cuando el actual gobierno lanzó durante la campaña electoral la frase de “Nace la esperanza, viene el cambio”, la población necesitada de cambio y esperanza no vaciló en apoyar al FMLN y su candidato, pensando que por fin se terminarían tantos años de injusticia y comenzaría una nueva era para El Salvador. Lamentablemente no ha sido así y continúan los problemas y agravándose otros como la espiral de la delincuencia, el desempleo y el alto costo de la vida. Cosas mínimas como el abastecimiento de medicinas en los hospitales públicos y en las farmacias del Seguro Social, tampoco se han resuelto. El ex presidente de Brasil, Ignacio “Lula” Da Silva, bien se lo recomendó al decirle al señor Funes, que la mejor obra de un gobierno estaba en atender e invertir en los más pobres de su país. Pero en fin.
Es triste y lamentable comprobarlo: pasarán otros cinco años y la población seguirá esperando a que llegue un gobierno que de verdad se preocupe por atender las demandas más sentidas en salud, educación, vivienda y alimentación. Si al menos el régimen actual hubiera dedicado mucho de su esfuerzo para combatir la corrupción y castigar a los responsables, recuperar y crear nuevos empleos, así como bajar el costo de la vida, los salvadoreños estuvieran al momento satisfechos y agradeciendo al mandatario como al partido en el gobierno. Satisfacciones mínimas, sin mayores costos, en un pequeño país de escasos 21 mil kilómetros cuadrados de extensión territorial, con una Constitución ejemplar y con una población dispuesta a los mayores sacrificios con tal de ver cumplidas sus legítimas aspiraciones.





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