El combate frontal al narcotráfico encuentra serias dificultades debido a grandes mercados consumidores y a la ambición desmedida de grandes estructuras financieras. El presidente de los Estados Unidos Mexicanos lo denunció en su más reciente aparición en las Naciones Unidas al acusar directamente a los Estados Unidos de Norteamérica de ser parte interesada en el negocio e, incluso, de vender armas a los que trafican con estupefacientes e, incluso, a miembros de pandillas y terroristas. El mandatario aseguró que en su país un extenso ejército represivo y educativo, policíaco y administrativo, rastrea el poderoso aparato de esta delincuencia específica, que en sus más altas cabezas se viste de blanco, se parapeta tras negocios diferentes y dispone de fuertes cuentas y depósitos en los bancos. Al parecer nunca se sabrá bien hasta dónde llegan y en que finas manos están los más eficaces hilos de las mafias dedicadas a las drogas, ni cuáles son sus eficaces e implacables estados mayores.
El Salvador, de acuerdo con estudiosos y expertos en el tema, se ha convertido desde hace varios años en un paso y puente obligado del trasiego de drogas. Es más se han decomisado toneladas de estupefacientes, se han encontrado grandes bodegas, y también se han capturado avionetas, lanchas modernas y personas supuestamente implicadas en el ilegal negocio; por cierto el comercio de las drogas se ha llegado a constituir una variante especial, bien protegida y dispuesta a matar en el acto, del sistema financiero del capitalismo internacional. En sus cúspides, los bajos mundos del tráfico de drogas resultan altos dominios enmascarados en el entresijo del poder financiero y aunque son violadores criminales de la ley, aparecen en eso como “defensores” del orden. Es decir, de un sistema que les permite enriquecerse si burlan algunas de sus leyes. Siempre se ha dicho que muchos salvadoreños y guatemaltecos en esta región, utilizando su inmunidad como diputados y sus pasaportes diplomáticos han sido los responsables directos de transportar la droga y altas sumas de dinero. Se recuerda el “extraño” caso de tres diputados salvadoreños asesinados en Guatemala. No se investigó a profundidad y siempre se buscó violar la ley y desviar las investigaciones hacia otros caminos.
Los mismos delegados de la Comisión de Estupefaciente han declarado abiertamente que ciertos centros bancarios en varias partes del mundo, incluyendo a Suiza, están informados sobre la concentración de capitales derivados del tráfico ilícito. Están informados, pero -- podría agregarse-- no se encuentran esos capitales tan desprotegidos como para poder ser afectados. El dinero es dinero y lo mismo expresa el sudor de una frente honrada que la manipulación de los gángsteres. Aquí se encontraron dos barriles conteniendo millones de dólares y rápidamente algunos políticos se apresuraron a decir que los narcotraficantes escondían así esos dineros “porque el sistema financiero no se prestaba a lavar dólares”. Es risible tal argumento y quizás se expresan tales opiniones para desviar la atención no de las autoridades sino de los mismos participantes en los negocios ilícitos. Por cierto ¿y dónde están esos millones de dólares encontrados en una zona rural de Zacatecoluca y en Lourdes?
Cuando se dificulta el uso de un tipo especial de droga, la organización recurre al fomento de otro tipo. El experto en drogas Carlos Avilés ha dicho que la marihuana ya no es la más apetecida entre los consumidores “normales”: pronto se empezó a comercializar el “crack” y otros derivados. La cocaína es cara; pero tiene sus clientes en las capas más adineradas de la población. En Estados Unidos la mayoría de artistas de cine son adictos a esta droga. Las autoridades de ese país conocen muy bien quienes son los consumidores y quienes los proveedores. Porque no proceden en contra de ellos, bueno la fama tiene su precio y el dinero escasea en estos tiempos cuando el capitalismo mundial sufre una de las peores crisis de la historia. También digamos que si un gobierno tiene algún éxito en su lucha contra un determinado estupefaciente o fármaco-dependiente, la organización se compensa aumentando el precio de la droga, pues su mercado es cautivo y seguro, formado por gente dispuesta a robar o matar para obtenerla.
La cuestión de fondo que imposibilita vencer a los traficantes en forma tal que signifique una disminución sensible de este inmundo comercio o su derrumbe, es que los golpes se asestan contra los pequeños traficantes y sus intermediarios, y no se dan contra los grandes manipuladores y los máximos introductores de la droga. Según el grado de desarrollo de los países, así se ha ido especializando el uso de un tipo determinado de droga. Por lo tanto, la compraventa de estupefacientes se relaciona directamente con la riqueza y el nivel de vida de cada país. El opio, que ha ilustrado tan ricamente la novelística, resulta un culto atrasado y subsiste básicamente en los países en desarrollo. La heroína, en cambio, domina en los países industrializados. La heroína, transformación del opio, es el estupefaciente por excelencia de la sociedad de consumo y tiene su más alta manifestación en los Estados Unidos. La marihuana, como hemos dicho, sigue siendo “pan” de los pobres, pero en la proporción masiva también resultan los Estados Unidos un gran mercado. En esto tampoco se desmiente su fama de ser el mercado más fuerte de la tierra en todo.
El camino para luchar contra esta epidemia de la época, sobre todo de las sociedades de consumo en descomposición, está en combatir esa especie de “cultura de la droga”, que es fomentada por el estímulo de vicios y por muchos medios que inducen a tenerlos. Las denuncias son frecuentes: estamos inundados de libros con tendencias, con películas que justifican conductas peligrosas, de personalidades que aseguran que tal o cual estupefaciente o fármaco no hace daño alguno. No hay base razonable para que en nombre de una libertad de prensa, de expresión sin ética alguna, se propague la “cultura de la droga”. Acabaremos sucumbiendo al lado de estos ídolos falsos que nos empeñamos en llamar libertad y de las que hacen uso criminales y delincuentes. Debe lucharse contra los grandes empresarios del tráfico internacional. Tirar a las cabezas, y no sólo a los “burros” y a los empobrecidos cultivadores. Es decir veamos de quien son los grandes depósitos de dineros “lavados” en los bancos derivados del tráfico de drogas.





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