Los lectores de periódicos y los televidentes (los amantes de las noticias sensacionalistas) pierden cada día más las referencias tradicionales para distinguir los valores: blanco y negro, izquierda y derecha, pobre y rico. La violencia desatada por las pandillas es buena para ciertos sectores de la sociedad porque impulsa la venta de armas y obliga a los empresarios a contratar servicios privados de seguridad y vigilancia. Los dirigentes y miembros del partido Arena, se vuelven ahora redentores, ofrecen “primeros empleos” y presentan planes para controlar a la delincuencia en los centros escolares.
La renuncia (separación del cargo para algunos) del Ministro de Seguridad ha sido la primera noticia en los últimos 15 días, los trasnochados y sectarios lo responsabilizan del crecimiento de la delincuencia y de los homicidios diarios (hasta 14 diarios y 20 los fines de semana) y urgen al presidente de la república a nombrar cuanto antes un nuevo funcionario. Unos alientan la presencia de un militar y los respetuosos de la Constitución, de los Acuerdos de Paz y de las leyes secundarias, se inclinan por un civil. No se asombren, pero hasta al señor Alfredo Cristiani, signatario de los Acuerdos, rechaza a un miembro de la fuerza armada en el alto cargo.
Es decir, todos hablan ahora de los aciertos y errores del señor Manuel Melgar al frente del Ministerio de Seguridad. Se pronuncian por una persona capaz de acuerdos, consensos y alianzas con los más diversos sectores para combatir y eventualmente erradicar la delincuencia y, desde luego, el crimen organizado, un gran negocio para muchas personas, incluyendo políticos y hombres prestando servicios en el sistema judicial. Todo pues apunta a una persona y a un súper héroe para defender a la población angustiada, desesperada, por tanta inseguridad.
Son muy pocos, contados con los dedos de las manos, los que más allá del nombramiento de un salvadoreño, civil, han dicho al menos dos cosas: se necesitan perfiles y planes concretos a mediano y largo plazo para combatir la delincuencia, y acuerdos con representantes de los diversos sectores de la sociedad (partidos políticos, organizaciones sociales, iniciativa privada, iglesias, etc.,). Con todas las limitaciones en este país es necesario reflexionar sobre el presente y el futuro. Las generaciones venideras así lo exigen, indignados hay aquí, en Asia, Europa y los Estados Unidos.
El Salvador es un país muy desigual, con instituciones débiles, sistema judicial corrompido, políticos “trabajando” para mejorar sus condiciones de vida sin importarles en lo mínimo superar la pobreza de miles de compatriotas. No somos los únicos en este apartado. Hasta los Estados Unidos necesitan de la guerra constante para evitar las colas de hambrientos en las instituciones de beneficencia reclamando el plato de sopa cotidiano. Un país desarrollado es Inglaterra y ve su moneda trastabillando y a sus monarcas haraganes al filo de causar lástimas por la penuria de su casa. ¿Qué es entonces un país pobre-pobre y en qué lugar queda colocado un país como Biafra o Haití donde centenares de miles mueren de inanición regularmente?
Nosotros estamos un peldaño arriba de Biafra y Haití; pero les ganamos en violencia y asesinatos diarios, así lo dicen las Naciones Unidas, y algo sabrán los funcionarios y expertos de la oficina local de El Salvador. El llamado de ellos es a corregir las desigualdades sociales, a proteger los derechos humanos, a luchar por la integración familiar, a ser competitivos en todos los rubros. No hablan de nombrar a un “súper-hombre” al frente del Ministerio de Seguridad, hablan del bosque no de las ramas. Si los “analistas” y dirigentes políticos siguieren sus recomendaciones verían como podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones esenciales. La democracia así es: acuerdos en la disidencia, puntos de vista distintos, consensos, alianzas para lograr grandes o pequeñas metas, según el cristal como veamos las cosas.
En materia global podríamos citar muchos ejemplos de los que se rasgan las vestiduras. Asistimos a las crisis de Italia, Grecia, España y Portugal. Todos sus líderes buscan pretextos y no aceptan el declive de un sistema capitalista que ya no funciona para satisfacer las necesidades sociales de la población mundial. No está lejano el día de la falta de alimentos y el agotamiento de los mantos acuíferos. Mora en el Vaticano el sucesor del pescador Pedro, que apenas tenía sandalias, y se guardan en él muchos de los más preciados tesoros materiales conocidos. Hombres que muchas veces no saben qué pan llevarán a sus hijos la mañana siguiente sacan de sus alforjas magras unas monedas para ayudar al sostenimiento material de la iglesia. ¿Quiénes son, pues, los desvalidos necesitados de socorro y quienes los poderosos obligados a prestar socorro?
Aquí hace unos días marido y mujer fueron muertos a tiros (ella todavía se recupera de heridas en el hospital) mientras asaltaban en el interior de un bus. Ahora se conocen que ambos estaban desempleados y no tenían dinero para comprar alimentos a sus dos hijos. Al menos es lo que se sabe por la voz popular. Oficialmente no se conoce la versión; pero dicho esto, ¿no será urgente reactivar la economía nacional, el agro y un sistema de empleos? Fortalecer instituciones como la Fiscalía General de la República, la Procuraduría de la República y la de Derechos Humanos? De cierto, las poblaciones de Biafra, Haití y El Salvador serían felices si las grandes potencias, incluyendo al Vaticano, destinarán un porcentaje de sus riquezas y de lo que gastan en armas sofisticadas (cada misil lanzado contra el pueblo indefenso de Libia costaba un millón de dólares) para socorrer a las familias más vulnerables.
La delincuencia es abonada con la desigualdad de las sociedades, con la pobreza extrema, con la falta de empleos, educación y por supuesto con la corrupción de algunos políticos (no generalizo porque hay raras excepciones), del mismo sistema judicial y hasta de “malos” jueces y policías. Los únicos planes represivos no darán efecto mientras no se profundice en la prevención y en las medidas sociales urgentes como necesarias encaminadas a erradicar tan grave problema. Debe preconizarse la obligada tendencia al equilibrio, haciendo que los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres. Ese gastado estribillo de que la riqueza es necesario para crear empleos y mantener a una legión de pobres ya no funciona. Es la más pura verdad.





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