9.11.11

Los condenados de la tierra

Una y otra vez ocurre lo mismo: cuanto desastre natural se abate sobre el país los más sufridos, los más castigados, los triturados, las víctimas, pues, son los más humildes, los desheredados, los marginados, los miserables, esos condenados por siempre a sobrevivir en la pobreza extrema. Cinco, cien veces, en el Bajo Lempa; en los tugurios y en los cordones de miseria que se levantan como “señal divina” en la capital sitiada y en otras “importantes” ciudades del país.

Se abren los albergues, se habilitan escuelas, institutos, iglesias, casas comunales. Llegan mujeres, hombres, ancianos y niños con su pobreza a cuestas. Muchos de ellos cargando cajitas de cartón con “sus pertenencias”, una camisa raída y un pantalón con ventilación propia, con remiendos semejando una telaraña. Mujeres con un cántaro y una gallina; ancianos con ojos irritados y arrastrando los pies. El sol nunca alumbra para ellos.

Llegan las “ayudas”, se lanzan campañas mediáticas, la “gran prensa” establece centros de acopio, lo mismo hacen ciertas empresas. Una solidaridad nada más en la desgracia, el resto del tiempo que “los socorra Dios”. ¿Por qué no contribuir con el gobierno en la construcción de viviendas dignas en lugares seguros? ¿Por qué esperar terremotos, aguaceros y derrumbes inmensos para acudir con “ayuda” en alimentos y ropa? Sólo con el aporte de tres grandes empresas y las donaciones de un par de capitalistas sería suficiente para sacar a miles de salvadoreños de sus escondrijos, del remedo de hogares, y ubicarlos en zonas decentes.

¿Por qué los laboratorios y los importadores de medicamentos cobran altos precios por las medicinas? ¿Por qué tanta oposición a la aprobación de una Ley de Medicamentos y un Centro de Control de Calidad dirigido desde el Ministerio de Salud Pública como ocurre en otros países? ¿No serían estas medidas sensatas y solidarias para contribuir con los más necesitados de El Salvador?

El Salvador y su población no saldrán adelante mientras exista una brecha tan amplia entre ricos y pobres, mientras haya tanta desigualdad en la sociedad. No tenemos nada contra los capitalistas, ni contra las empresas, fábricas o industrias; pero sí estamos contra la avaricia, contra ese afán desmedido de acumular dinero, mansiones, carros de lujo, quintas en la montaña y en la costa. Aquí hay salvadoreños que al menos una vez por año viajan a países africanos a cazar alces, leones, leopardos y otros animales. Las cabezas de esas bellas especies adornan las salas de sus lujosas mansiones. ¡Por favor! Tienen todo el derecho a vivir como mejor les plazca, a gastar el dinero a manos llenas; pero al menos sean generosos y contribuyan a hacer menos desigual esta sociedad y este país de donde obtienen todos sus recursos.

No se trata de “lucha de clases”, o de atentar contra las libertades y la democracia, dejemos de lado esas tonterías de la “guerra fría” y pensemos por un momento cuál es la situación económica de miles de familias salvadoreñas, del estado de escuelas, institutos, unidades y centros de salud. Está bien generar fuentes de empleo y riqueza, está mal pensar que con ello ya se tiene “ganado” el viaje a la “vida eterna”, si acaso son cristianos y al menos una vez al mes acuden a las iglesias para darse golpes de pecho y depositar un dólar en la bolsa del cura o el pastor. Es lo de menos. La solidaridad y el humanismo se miden en otros parámetros.

El Salvador es un país generoso, tiene excelentes trabajadores y mujeres entregadas al cuidado del hogar y de sus hijos. Contamos con playas hermosas, montañas de un verdor impresionante (al menos las que todavía subsisten a la tala y la deforestación), centros ceremoniales, bellos turicentros, ríos y lagos de aguas cristalinas, pesca abundante y frutas de estación. ¿Por qué no contribuir a acelerar el desarrollo, a incrementar los cultivos, a mejorar la educación de las presentes y futuras generaciones? Así como no se escatiman millones de dólares para construir grandes mansiones, centros comerciales o compra de caballos de raza y vehículos de las mejores marcas, porque no destinar una suma apreciable para contribuir con el gobierno a la construcción de modernos hospitales e institutos tecnológicos o al menos talleres para preparar a los jóvenes que ahora se refugian en las pandillas.

Sus hijos heredarán sus riquezas; pero también un país desértico, sin agua y con aire contaminado. El país, al igual que otros de Europa, sufre la crisis económica más difícil de su historia. No hay empleos, no hay seguridad ciudadana, el costo de la vida abate a las familias más vulnerables y cada día que pasa se desintegran más las familias porque el esposo o la mujer o ambos parten hacia Estados Unidos en busca de mejores oportunidades de vida. Los hijos quedan en desamparo y fácilmente son presa de las pandillas. La inversión no la hace el gobierno, los trabajos que genera son ocasionales ¿por qué la empresa privada no invierte en este país? Hoy más que nunca las reglas están claras, hay menos corrupción y las licitaciones son públicas y transparentes. De una vez por todas olvídense de esa “pila” ideológica y aporten a programas de país, al desarrollo sostenido y a la reactivación en todos los rubros.

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