2.11.11

Los momentos históricos de Grecia

No es cosa sencilla la crisis económica que abate a muchos países europeos, más allá de particulares interpretaciones, eso haremos, subyace el desplome financiero y la inoperancia del sistema capitalista y sus distintas variantes, para hacer frente a las necesidades de los pueblos. En el caso concreto de Grecia, con sus diez millones de habitantes y sus 6 mil dólares per cápita, ha visto de nuevo la intensa represión policial y la ausencia intolerable de medidas para frenar el desempleo, al alto costo de la vida y, por supuesto, el derrumbe de su economía.

Como diría cierto personaje “el lobo es la crisis en la crisis, pero con los fusiles de frente”. De repente, en suma, toda la historia de Europa y del mundo ha vuelto a replantearse. Las ayudas emergentes llegan, pero no son suficientes; los primeros ministros, presidentes y delegados de las distintas comunidades europeas se reúnen en París, Alemania o Inglaterra, para llegar a comunes acuerdos y sacar a flote la agobiante economía griega, de paso examinar sus propias estadísticas; pero nada es fácil cuando en el fondo se trata de una crisis mayor: el modelo capitalista ya no funciona. Y el proceso griego, como un hecho dialéctico absoluto, nos precipita en lo real. Y lo real puede ser, con las protestas cada vez mayores y también con la represión implacable.

El diagnóstico político de una etapa de la vida de un pueblo con los pueblos, con sus habitantes, con su propia historia, de la vida de una nación que geográficamente están en un punto crítico del Mediterráneo, con naciones tan sufridas víctimas de la codicia como Libia. El mundo planetiza los parámetros. Grecia, entre los estertores del sistema económico y la brutalidad de sus autoridades, entre las fronteras de Rusia y la crisis del Oriente Medio es una historia vívida, de la lucha de un pueblo por la recuperación de la iniciativa histórica en el marco –dramáticamente-- de un conflicto planetario, de la experimentación y la barbarie universal. La OTAN se ha convertido en el presente, en el Azote de Dios.

Los viejos griegos clásicos podían entregan su óbolo a los oráculos de Delfos para adivinar el futuro. Heraclíto (¿recuerdan aquella su famosa frase: “los hechos limitan las palabras”), a su vez, podía decir -- prudente y sagaz-- esta su otra frase singularmente preciosa: “Nadie diga que un hombre es feliz hasta que muera”. Siempre puede ocurrir algo imprevisible. Ahora los mandatarios, los monarcas y primeros ministros están tratando de salvar, en Grecia, el capitalismo universal. Las poderosas oligarquías han redefinido su estrategia global: el dominio de regiones petroleras, la búsqueda de tablas de salvación económica, los energéticos indispensables para mantener en funcionamiento las grandes fábricas y la industria armamentista. Nadie se llame a engaño: Irak fue el primer zarpazo, le ha seguido Libia, continuarán con Irán y llegarán hasta las grandes reservas petroleras del Orinoco en Venezuela.

Lo cierto es que el país que aportó al diccionario de la ciencia política lo más importante y sustancial de los vocablos definidores del gobierno del pueblo -- la democracia-- del gobierno de la minoría -- aristocracia—y de la atroz carrera por los honores y la corrupción -- timocracia-- se encuentra instalado, desde hace tres meses, quizás años, en un trágico callejón sin aparente salida. Muy a pesar de la “ayuda” de la Comunidad Europea, de los “avisos” emanados de la Casa Blanca, en Washington, y de las “medidas emergentes” de un gobierno timorato y alejado de las necesidades autónomas de su propio pueblo.

En la II Guerra Mundial el país fue invadido por los italianos. Aquel farsante mediterráneo, elocuente y vivaz llamado Benito Mussolini -- que había llegado a ser, tiempo antes, nada menos que director del órgano periodístico del socialismo italiano-- se permitió el lujo de enviar un telegrama a Hitler para advertirle que “en menos de una semana en Atenas”.

No fue así. La historia es una magistral lección de equívocos lúcidos. No sólo los viejos griegos resistieron la invasión italiana, sino que sus soldados avanzaron, destruyeron y aniquilaron los ejércitos invasores. Por esa causa Hitler tuvo que intervenir. Sus divisiones acorazadas, que ya habían dominado parte del avispero balcánico cayeron sobre Grecia y la hundieron. El día 27 de abril de 1941 izaron la bandera gamada sobre el Partenón. Zeuz-Júpiter, impasible como los demás dioses olímpicos, asistió bajo el líquido e infatigable sol de Grecia a aquella aberración. Un mes después -- 31 de mayo-- una pareja de niños, en la soledad de la noche, arriaría la bandera alemana. Así comenzó la resistencia popular.

El país se dividió, ante el invasor alemán, en dos grupos: el popular que se alistó bajo las banderas de la izquierda -- comunista-socialista-- y el conservador que recreó, a su vez, una estructura militar de lucha. Entre esos dos impulsos estaban los tanques alemanes y la ayuda, por aire, de los angloamericanos. Obviamente, Inglaterra mirando con miles de pares de ojos lo que ahí ocurría porque Grecia, independiente desde 1830, era una invención británica integrada en sus clásicas áreas de influencia. El Mediterráneo era un “mar inglés”. Grecia, en el Oriente, un bastión frente a la expansión zarista, primero, y soviética después. Así se veían las cosas en Londres. En el centro de ese mar las islas del “escudo” británico -- Chipre y Malta--, los canales vigilados por el león inglés -- el de Suez y el de los Dardanelos-- y allá, en el fondo, la Roca de Gibraltar. Un cierre de cañones y poderes. La estructura del Imperio.

La historia sigue. Los imperios hacen su propio camino, destruyen otros, para construir su propia salvación sin importar que los obstáculos sean seres humanos, civilizaciones imponentes, como en su momento fueron la azteca, la maya y la Inca. Grecia fue en su momento un experimento, un canal de salida para la barbarie nazi, lo es ahora, nada más con otros actores. La crisis es la misma, cíclica, para un sistema que se niega a morir. Sobre Grecia y la historia continuaremos en próximas entregas.

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