Quizá no sea exagerado afirmar que en el modo y manera en los cuales el presidente Funes defina su política interna y la supuesta recomposición de su gabinete luego de las vacaciones de Navidad y fin de año, habrán de basarse el juicio y el carácter históricos de su gobierno.
Hasta hoy no encontramos motivos para suponer un ajuste resuelto, audaz, necesariamente conflictivo, con la inspiración y los pronunciamientos sobre adecuaciones fiscales, llamados a la unidad y solidaridad y hasta con el mensaje de Navidad y Año Nuevo. Se lucha contra “fantasmas” y cúpulas empresariales ligadas estrechamente al partido Arena y por lo tanto siguiendo una agenda electoral de cara a las elecciones para diputados y concejos municipales de marzo entrante. Es triste y lamentable la posición asumida por la ANEP, la Cámara Salvadoreña de Comercio e Industria y la Asociación Salvadoreña de Industriales.
Se insiste en que nuestra Constitución es la suma de las definiciones, la síntesis de nuestros programas, la clave de todas las soluciones. Pero la sacralización de nuestros mandatos constitucionales, omnipotentes en la retórica y tan despreciados en nuestra realidad permanente, permiten lo mismo un gobierno de inspiración nacionalista, populista, justiciero, como la otra cara de la moneda. En un momento dado la Asamblea Legislativa aprueba una tibia reforma al impuesto a la renta, supuestamente para lograr equidad en la tributación; pero analizando bien la medida es sólo un adorno retórico de nuestras autoridades y en el fondo un seguro de supervivencia para los grandes empresarios.
Lo cierto es que la experiencia reiterada forja convicción entre los salvadoreños de que la política nacional puede cambiar de rumbo sin alterar los textos legales, sin llegar al fondo ni mucho menos eliminar los así llamados artículos pétreos, para de verdad permitir auténticos cambios en el sistema político, social y económico del país. Decir, pues, que nada cambiará porque tenemos una Constitución, es además de válido, un recurso político sin compromiso de real validez. Ya estamos curados de esta clase de fórmulas. Lo escuchamos en reiteradas ocasiones en infinidad de proyectos de Reforma Agraria, de modificaciones al sistema tributario, en subvenciones al transporte público, al gas, a la energía eléctrica y más.
Y cómo no, no faltan quienes puedan interpretar esa repetición (de promesas, proyectos, amenazas, contradicciones, enfrentamientos) como un tranquilizante para los “despistados e incultos” magnates de la iniciativa privada, asustados hasta el pánico después de la aprobación o modificación del impuesto a la renta que, como dicho está, no es más que un seguro de vida para sus inversiones, sus negocios, evasiones, elusiones y otras perlas más en el intrincado mundo de las relaciones comerciales e industriales.
En fin, para sus dos últimos años de gestión, el mandatario tendrá que decidir. Si la autonomía, el gobernar junto a su pueblo y el ejercicio de la soberanía son sus metas, tendrá que disgustar a las cúpulas empresariales, es decir al partido Arena, y a los socios menores de los inversionistas extranjeros; si resuelve tranquilizar y conformar a esos sectores y a esos intereses sus anhelos de atenuar o nulificar el dominio de los grupos económicamente poderosos, la política salvadoreña no será sino un bello sueño convertido en frustración histórica.





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