15.12.11

Esta es la mejor época para vivir

No hay rumbo ni horizonte para perderse o especular, si en verdad nos dieran a elegir una época o un tiempo para existir, elegiríamos precisamente la presente. A despecho de inconformidades, recelos, dudas, de lo que nos atormenta y acongoja y nos llena de asombro y cómo no de rebeldía como los indignados de Europa, Asia y los Estados Unidos. O justamente por esto, mis amigos, mis caros lectores, esta es la mayor de todas las épocas.

Son muchos los cantares y los virajes de la historia; pero ustedes coincidirán con este servidor de que con la primera Guerra Mundial asistimos al amanecer de la historia, como la llama los teóricos, ya que para ellos y para nosotros es también el punto de partida del socialismo. Antes, todo fuera prehistoria, con vislumbres, chispas, relámpagos anunciando el fin de un sistema (no del mundo, como se empeñan en proclamar cada cierto tiempo los Testigos de Jehová), el de las minorías, y el comienzo de otro, el de las mayorías. El hombre providencial, del que se decía era el sujeto de la historia, tomó su lugar exacto, el del objeto. La segunda catástrofe dio otro paso definitivo en el sentido de distanciar la prehistoria de la historia y de entregar a los pueblos, a las masas, a los trabajadores del mundo, un nuevo mundo, en creación.

No deben de olvidar que también los capitalistas con sus teóricos y filósofos, cumplieron su rol especial: difundir “las bondades” del sistema, y por el contrario, enfilar sus lanzas contra el nuevo modelo de vida, ese tan documentado y científicamente comprobado por el genial Carlos Marx. Lo uno y lo otro, nos llevaron a estadios e instancias distintas…

Tenemos, así, que resistir a las fuerzas ocultas para que no engendren una tercera catástrofe destinada, como las anteriores, a dividir internacionalmente el trabajo, a apoderarse de regiones estratégicas, de minerales valiosos, de riquezas inimaginables, como la biodiversidad, o el recurso agua. Es que esa tercera catástrofe como lo ha venido denunciando Fidel Castro, sería la última. ¿Quién en este planeta sobreviviría a una conflagración nuclear.

En fin, nos contentamos con vivir esos años, esas décadas, en que la humanidad logró, en todos los terrenos, saltos espectaculares, síntesis maravillosas, avances irreversibles; pero también intervenciones armadas, dominios irracionales de unas naciones sobre otras, instalación de bases militares, el predominio de la fuerza bruta sobre la razón y la lógica.

Como decíamos al principio, esta es la mejor época. Aquí está América Latina, nuestra América, como decía José Martí, con sus contrastes violentos, abismales, con expresiones e ideologías distintas, como dijo Cristina Fernández, la presidente de Argentina en su mensaje de su ilustre nuevo periodo, en fin renaciendo de sus tormentos colonialistas, de sus gestas por la independencia, de sus choques intranacionales y extracontinentales. Toda ella, esa América movediza como la lava de sus volcanes, bella y esperanzada, se está levantando, arrojando yugos, quebrando cadenas, alzando la voz, protestando, rebelándose. Que más prueba con la UNASUR, el ALBA y últimamente la creación de CELAC.

Hablamos de la América sacudida por las dos grandes conflagraciones. Ya antes de firmarse el primer armisticio, varios países que se desangraban, como México, sin abandonar sus dominios en una lucha fratricida y cruel, buscaba su propio camino, definido por la Constitución más avanzada de su tiempo. En esta América. Porque en el otro extremo casi del planeta era todo un sistema que caía. Podemos decir, con el perdón de los historiadores, entre Lenin y Carranza había un abismo que 50 años de revolución con sus grandes sucesos no pudieron nivelar. No obstante, México al igual que Paraguay en América del Sur con su ferrocarril y sus avances notorios en otros campos tecnológicos, logró dar pasos tan audaces que solamente ahora muchos países de nuestra América están pudiendo dar. La expropiación petrolera de la mano de Lázaro Cárdenas, fue una de ellas. La lucha contra el latifundio, otro. Y su política externa valiente, frente a tantas presiones y capitulaciones. Cuba lo atestigua. Por eso nos alegra que en el presente, México se una estrechamente con la comunidad de países latinoamericanos y caribeños. Es la respuesta histórica a un clamor popular.

A propósito, hablar de Cuba es como dar un giro de 360 grados en el destino de un Continente. Sí. A despecho de todo lo que la contra propaganda arme para deshacer lo que ahí se hace, nada detiene el avance de la única revolución verdaderamente radical de este hemisferio. Cualquiera otra, está comprobado, no resistiría un año de bloqueo, económico, político, psicológico, sistemático y cruel. Cuba ha resistido y resistirá un siglo. Y en estado de alerta permanente ante las amenazas constantes del imperio soberbio y agresor. Los errores de la revolución cometidos en su inicio y todavía ahora, solamente han servido para enseñar cómo se acierta. Y de tanto pelear, de razonar con sólidos argumentos, Cuba ha terminado imponiéndose como nación soberana.

Sí, como decíamos, esta es la mejor época para vivir, para recordar y continuar soñando. En América Latina, Estados Unidos de Norteamérica ha perdido no uno sino muchos incondicionales aliados. El imperio no descansará en sus propósitos trasnochados, pero el patio trasero, la zona de influencia, la Doctrina Monroe, se ha despeñado, como ciertamente está ocurriendo con el desplome de un sistema, de un modelo inhumano, ofensivo y desastroso. América es para lo americanos, pero para los nacidos en esta patria de Bolívar, Martí, Arciniegas, José de San Martín, Sucre y tantos hombres ilustres que nos legaron un continente no para ser dominados, sino para ser libres, independientes y soberanos.

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