Con muchas semanas, meses de anticipación, sin insinuaciones ni amenazas de sanciones por parte del Tribunal Supremo Electoral (TSE), comenzó la campaña política-electoral en camino a las elecciones para diputados y concejos municipales de marzo del año entrante. No debería extrañarnos pues esto viene ocurriendo cada tres o cinco años y no hay poder ni ley alguna que impida a los así llamados “políticos” y cúpulas partidarias a copar los medios de difusión, las plazas públicas o cualquier esquina de las populosas ciudades para agitar sus banderas, distribuir hojas volantes o mantener sonidos estridentes con llamados a la población.
En todo esto, hay una gran verdad: no faltan declaraciones, manifiestos y arengas públicas, planes y proyectos, pero carecemos de claridad y realismo. No se pueden prometer planes más allá de las capacidades económicas e intelectuales de los promotores; pero eso no parece quitar el sueño ni llenar de rubor el rostro demagogo de los políticos, de los candidatos a cargos públicos. La política no es, o por lo menos no debe ser, un puro alarde de imaginación. El agitador despierta sentimientos, aviva rencores o suscita pasiones. Muchas veces malestares y rechazos. Su quehacer se sitúa en el peligroso ámbito en el que las palabras motivan emociones fugaces. Para el político existen las palabras, y debe ser un maestro en manejarlas, pero ellas no tienen valor por sí mismas, el político está obligado a desdeñar su encanto, su tentadora locura. Para el estadista la palabra es el camino de la acción; todo discurso debe materializarse, de tal manera que el pueblo advierta que el fuego quemante del discurso, al enfriarse, se convierta en metal. No podemos envolver, ni ocultar nuestras dolorosas angustias, con un velo de palabras incumplidas.
No solo por la trayectoria de nuestra vida política y sus protagonistas, sino por el presente: los ejemplos de los políticos no son edificantes ni conducen a nuestra juventud a horizontes prometedores. ¿Qué pensar o hacer cuando uno de los Vicepresidentes de la Asamblea Legislativa preside una sesión ordinaria en evidente estado de embriaguez? ¿Qué pensar cuando el mismo presidente de tal Asamblea sale en defensa del señor Ciro Cruz Zepeda y ratifica que su tartamudeo, su cara desencajada y sus palabras incoherentes se deben a los efectos secundarios de una medicina que está tomando? No es posible continuar por este camino. Si las máximas autoridades toleran y justifican tal comportamiento, así como eluden responsabilidades y en otros campos aplauden la corrupción, el despilfarro y los ataques contra una periodista, no queda más a la sociedad, a las nuevas generaciones, que anular su voto o renegar de la así llamada “clase política” de este país de tan encendidos contrastes.
En este mismo orden de las palabras, de los discursos, de lo irreal, los diarios forman sus cabezas con frases solemnes y anuncios tormentosos: Asamblea Legislativa aprueba paquete fiscal, o la ANEP rechaza reforma fiscal o empleos se perderán con reformas fiscales. Ya no vendrá inversión al país y se perderán empleos por reformas fiscales. No hay tal reforma tributaria. Simplemente una adecuación del Impuesto a la Renta. Los agoreros siempre han existido, también los evasores de impuestos. Todos aquí y en el extranjero deben de saberlo: éste al igual que otros es un caro ejemplo de irrealismo verbal. La equidad tributaria debe ser una aspiración elemental de todo país y sociedad organizada, democrática, como suele decirse. Llegar a este pleno quizás no es la tarea del político, pues como hemos dicho, no basta enunciar un deseo o anunciarlo en la plaza pública. Ahí las palabras se rompen y principia el duro trabajo, sin poesía, sin micrófonos, sin auditorio ardiente. Ahí es donde el estadista nos debe decir cuáles son los medios, mostrarnos las armas eficaces y trazar, comprensible y sin desviaciones la heroica, árida y, a veces, sin esperanza, estrategia de los débiles.
Señalemos a propósito que no son los pobres, los devotos contribuyentes, los que amenazan con desestabilización económica, los verdaderos enemigos del gobierno están situados en otros planos: en las cúpulas empresariales. Si ponemos atención a los reiterados comunicados de las gremiales tanto sobre las supuestas reformas fiscales, como en castigos a los evasores, veremos una gran coincidencia con las declaraciones y campos pagados del partido Arena. ¿Simple coincidencia o coherencia plena en la agenda partidaria? Lo hemos dicho anteriormente y lo sostenemos: las gremiales empresariales son protagonistas y deben quitarse la careta y convertirse en partidos políticos. Ellos son los explotadores de siempre, los que utilizan los modos casi invisibles de la propaganda, el convencimiento y la compra, los que desestabilizan e intervienen sin vergüenza alguna en la política partidaria, en la electoral y en el acompañamiento en propósitos comunes al partido Arena.
Es comprensible el rechazo a determinados hechos del gobierno; pero el evadir impuestos o negarse a pagar lo justo, es intolerable. Es comprensible, por otra parte, la fiebre verbal originada por la crisis de nuestros problemas, muchos de ellos a punto de deshacerse en violencia, muchos imposibles de resolver dentro del sistema económico y político que mantenemos. Como también es explicable la tensión que al régimen producen las presiones de las transnacionales y los ostensibles desafíos de esa poderosa oligarquía que no ha podido ni ha querido anular, como negadora de valores esenciales para la democracia y la saludable marcha de la economía. Y nadie puede ignorar, también, la desilusión que nace día a día del frágil, mediocre y corruptible material humano.
Pero aun es posible la lucha. Formular un ideario claro, accesible al pueblo, desnudo de contradicciones y vaguedades. Un ideario que no sea un nebuloso, vasto ensayo de teoría política, elaborado en la penumbra, sino un conjunto de fórmulas sencillas, que señalen modestas metas accesibles. Y un modo de comunicación cuidadoso, capaz de materializarse. De tal modo que, cuando se hable de justicia, el poder judicial actúe; cuando se hable de obras, se coloque la primera piedra antes que las palabras se dispersen; que cuando se condene a grupos o personas en verdad se les aparte y proscriba, y que cuando se mencionen las influencias y las amenazas de los evasores y corruptos, se diga quienes son esas personas y a cuánto asciende lo defraudado a la hacienda pública. La nación demanda que a nadie engañe el encanto de las palabras. Son los hechos y sólo ellos la materia de la urgente, desesperada estrategia de nuestra supervivencia.





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