Aunque sigue siendo sumamente importante llamar la atención sobre el clima que se vive en Honduras desde el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, resulta no menos esencial destacar algunos fenómenos de lenguaje que provocarían mucha diversión, si no fueran vehículos, al mismo tiempo, de toda la agresión que ronda por las calles, comunidades rurales, centros escolares y medios de difusión.
Ya lo hemos dicho en anteriores comentarios: hay dos niveles básicos por los que circula la más tremenda represión que la población más vulnerable de Honduras soporta en la actualidad: los instrumentos legales y las operaciones clandestinas. Los primeros facultan a la policía y a ciertos estamentos de las fuerzas armadas a toda clase de vejámenes “legales”: allanamientos en masa, detenciones arbitrarias, entradas espectaculares en locales sindicales y gremiales, patrullajes insólitos por las calles, detenciones del tránsito a voluntad, ulular de sirenas de día y noche, brutalidad e intimidación y, por supuesto, total falta de garantías que la policía no se toma el trabajo de justificar acaso para no perturbar el otro aspecto de la represión, el clandestino.
Algunos dirigentes de partidos políticos y órganos de prensa extranjeros se han cansado de señalar la incongruencia siguiente: mientras se acusa, verbalmente por cierto, por igual a la las manifestaciones de organizaciones de izquierda y de derecha, nunca se ha arrestado a ningún miembro de “organizaciones clandestinas” responsables del asesinato de 17 periodistas y más de 50 maestros de educación primaria y secundaria, aunque no faltan indicios para policías sagaces, como la definiera un director de ese cuerpo hondureño. Se sabe, por ejemplo, quienes fueron los policías responsables del asesinato de un joven estudiante hijo de la Rectora de la Universidad Nacional de Honduras. Hay algunos agentes “detenidos” y los responsables, los que ordenaron su ejecución ¿dónde están, quiénes son?
Sugestivas concomitancias se pueden registrar entre los dos tipos de represión aunque la “clandestina” tiene el carácter de lo definitivo, de los viajes sin retorno. Los policías encubiertos, empiezan por amenazar, envían anónimos, luego dan seguimiento a las potenciales víctimas, luego secuestran y asesinan a los destinatarios que no creían demasiado en la seriedad de los avisos. También están las llamadas telefónicas con el mismo fin, acaso para ahorrar tiempo y conceder menos tiempo a los condenados por ellos. ¿Será tan difícil para las “autoridades” y los grupos de inteligencia no detectar de dónde provienen las llamadas telefónicas? En el principio los cadáveres desaparecían, hoy se fusilan frente a testigos y se tiran en plena calle. Igual que ocurrió en El Salvador durante el conflicto armado. Es necesario sembrar el terror y disuadir de esta forma a los adversarios al gobierno.
Por cierto que los crímenes más rutinarios se siguen dando en el sector de los periodistas, sobre todo aquellos ligados al gobierno depuesto del presidente Zelaya. También son víctimas favoritas los miembros o simpatizantes del Frente Amplio de Resistencia. Hoy aparecen muchos cadáveres flotando en los ríos, enterrados en campos lejanos, desaparecidos sin rastro. Es impresionante leer los diarios hondureños: con cautela, para no incurrir en las iras de los jueces -- celosos del cumplimiento de las leyes de censura (ellos por lo menos conservan el sentido de las formas y no cuestionan la naturaleza de las leyes)-- exhiben una acumulación de hechos de sangre que han hecho de este país un sitio en el que la vida vale poco; esta proposición indica que mejor es acostumbrarse para que la neurosis persecutoria haga los menores estragos posibles.
En relación con esto el clima es muy particular en ambientes intelectuales y de clase media ilustrada; es difícil encontrar a nadie, desde luego nadie que haya tenido o tenga alguna actuación pública, que haya puesto la cara alguna vez para denunciar alguna anomalía en los métodos correctivos de la policía (es una excepción la rectora de la Universidad Nacional de Honduras, quien tomó en sus manos la investigación y la denuncia del asesinato de su hijo y, desde luego, señaló culpables con nombres y apellidos); los cambios de domicilio se multiplican, los teléfonos no contestan ya sea por abandono del hogar, ya del país; otros están reflexionando acerca de una acción posible en un país ocupado, sin asomo de garantías y llegan a la conclusión de que más vale “desensillar hasta que aclare. No es improbable que muchos de éstos confundan la espera con la renuncia y que por lo tanto, se estén dando por vencidos, dejen entrar la represión hasta el interior de sus propias conciencias. La paradoja es que este pueblo es muy politizado y al menos hasta hace unos cuantos meses sabe a ciencia cierta donde está el verdadero enemigo, quienes lo explotan y donde descansa la riqueza de la nación.
Si todo lo que se está viviendo aquí, en Honduras, no fuera tan dramáticamente exigente, ciertas manifestaciones de prominentes representantes gubernamentales provocarían grandes regocijos. Estos, que caracteriza tanto a un momento social y político, es lo que no trasciende al exterior aunque en el interior el peligro es que llegue a consagrarse. Ocurre especialmente en el ámbito de la cultura y en la Universidad que, no es la primera vez, ha sido invadida por un equipo -- por no llamarlo un conjunto-- de un anacronismo casi teatral.





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