No siempre se habla con claridad y se dictan leyes con seriedad. El juego perverso de achacar a otros los males propios, fue la moda de los gobiernos y las autoridades de antaño. Si los obreros se iban a la huelga o los maestros marchaban por las calles para pedir aumentos salariales y mejores condiciones de vida, los militares y la burguesía culpaban a “los comunistas” de los “desórdenes y las provocaciones” contra el gobierno. De tal suerte que ocultar la realidad era solapar a quienes se ocultaban en la oscuridad, a la clase dominante. Cuando el PCN falsificaba los hechos, manipulaba las estadísticas y distorsionaba las informaciones, incluso las aparecidas en los “grandes” medios de difusión, no hacía más que mover todos los hilos para conservar el poder político y económico para determinada clase social.
Durante mucho tiempo fue cómodo hacer eso. Hoy, es menos o está dejando de serlo, no porque la burguesía y la oligarquía hayan perdido el poder, sino por cierta dignidad del gobierno en turno. La explotación trae dinero, comodidades, y a un ladrón que ha conseguido robar más de un millón de dólares, colones de aquellos tiempos, se le trata con reverencia y se le llama “señor”. Cuando un oligarca explotador muere, los mismos medios de difusión sacan reportajes donde los califican como “grandes filántropos” e “ilustres barones de la economía nacional”.
Como decimos, las cosas están cambiando, no sólo en nuestro ámbito sino que en América Latina, como lo demuestra la fundación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), sin la presencia de Estados Unidos de Norteamérica y Canadá. Ya no es tan cómodo explotar campesinos y mantenerlos como siervos y esclavos en haciendas ganaderas, cafetaleras o en los cultivos de algodón y caña de azúcar. Esos mayas tan sufridos, corteses y finos, perdieron una vez la paciencia, hace ya muchos años, e hicieron la Guerra de Castas, la guerra civil más atroz que sufrieron algunos países. Los síntomas actuales (ustedes ven a los ciudadanos indignados en Europa, Asia y los Estados Unidos) son de que están perdiendo la paciencia otra vez. Aclaro los herederos de aquellas gestas. Si se ven las cosas con amplitud, hay síntomas también de que, en El Salvador, todo el mundo está perdiendo la paciencia. Ya no se puede explotar y atropellar impunemente como lo hacían los regímenes del PRUD, PCN y Arena. Por todos lados hay protestas, y no sólo protestas, sino acciones en contra de la impunidad y el atropello. La gente ha decidido resolver por su cuenta sus propios asuntos.
Los teóricos de la política -- analistas, les dicen ahora-- suelen quejarse amargamente de que se usan procedimientos inadecuados para luchar por mejores prestaciones económicas, por bonos, ajustes salariales y contra la injusticia laboral. Se recurre a medidas de hecho como quema de llantas, toma de calles, iglesias y cierra de ministerios y hasta hospitales. Abundan los llamados a la calma, al respeto a las leyes del juego. Pero esos teóricos suelen olvidar que las reglas del juego son las que permiten los asesinatos cotidianos de gente humilde de este país, de las violaciones sexuales de niños, son las que auspician la explotación inmoderada de la inmensa mayoría de la población del país. Es ilegal, ciertamente, cerrar los hospitales e impedir el ingreso de pacientes a la consulta externa; pero también es verdad que el dialogo no ha sido el mecanismo idóneo para resolver problemas tan antiguos. Aún así, es verdad que la lucha de masas debe ser organizada, con programas claros, con política adecuada. Antes, en el régimen militar, era imposible pues se impedía con represión sistemática, violencia y asesinados las protestas públicas, ahora no se acude a semejantes expedientes y los empleados públicos y los trabajadores de la empresa privada, pueden manifestarse pacíficamente y hace valer sus derechos humanos y laborales. El mismo FMLN es preso y signatario de sus propios valores y principios.
En el campo también las cosas son distintas. Dispersos y desorganizados, los campesinos luchan por acceso al agua y luchan contra la minería y la construcción de presas hidroeléctricas. Hoy no se conoce de invasión a tierras ni de las movilizaciones combativas de años pasados. De ocurrir, nadie lo impediría porque mientras las protestas y las manifestaciones se realicen en forma tranquila y con objetivos bien claros, el gobierno está en el deber de atender y responder a las exigencias. Por ello es necesaria, y cada día lo es más (con el alto costo de la vida, la inseguridad y el desempleo), la organización independiente de los trabajadores. Una organización que tiene que partir de la clase obrera para darle a todo el movimiento un centro, una luz, un norte. Para darle programas claros, política definida. Es la clase obrera, por “su consistencia eminentemente revolucionaria y por su concentración en las grandes ciudades”, como se decía en aquellos tiempos, la que puede y debe constituirse en columna vertebral del movimiento de masas. El FMLN sabe muy bien de lo que estamos hablando. El hecho de ser partido en el gobierno o al menos intentarlo no le impide reivindicar y luchar por la causa de los trabajadores.
Se trata de una inmensa responsabilidad histórica. Muy poco hasta ahora es lo conseguido. Quienes tienen en sus manos hacer algo, iniciar nuevamente el movimiento de organización de la clase obrera, lamentablemente tan olvidada, no pueden legítimamente eludirlo. Porque es un camino más para lograr avanzar en el desarrollo de nuestro país. Perderse en cosas pequeñas puede costarlo todo. Incluso esas cosas pequeñas, esas conquistas electorales, parciales, a las que tanto se han aferrado los actuales dirigentes del FMLN, No olviden esto: las cuestiones históricas requieren una lucha de toda la vida, permanente, inclaudicable. Los aspectos pasajeros sirven nada más como píldoras aliviadoras del resfriado. Aún si lo prefieren así, la oligarquía perdió una batalla electoral, pero no la confrontación política.





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