Esto es absolutamente válido, puesto que sólo puede valorarse por los fines por perseguir. En el plano económico por la elevación constante en el nivel de vida de toda la población y por lograr la máxima independencia posible. Un crecimiento meramente cuantitativo no implica desarrollo y menos cuando va acompañado de profundas desigualdades y no permite verdaderas transformaciones en la estructura económica y social. No tenemos que profundizar ni investigar mucho para reconocer las carencias de grandes mayorías de la población, así como las desviaciones del aparente desarrollo orientado a servir de plataforma a las minorías privilegiadas.
En cuanto a lo social, falta mucho por hacer y recorrer en materia de salud y educación. Todavía no logramos alcanzar una cobertura total en estos dos importantes rubros. Adolecemos de un porcentaje alto de analfabetismo, deserción escolar todavía elevada, miles de niños campesinos sin acceso a las aulas primarias, falta de centros de educación en lugares apartados de un país tan pequeño y, desde luego, carencias materiales tanto para alumnos como profesores. En salud no hemos resuelto la cobertura y atención universal, hay carencias incalificables de medicamentos y no contamos con equipos modernos para atender enfermedades que atacan a la población. El Hospital Bloom es un ejemplo delicado y hasta ofensivo: tantas veces no hay equipo quirúrgico, suficientes salas y camas para internar a niños. Existe negligencia y un conformismo con lo hecho hasta ahora. A estas alturas debieran de estarse construyendo al menos dos hospitales más para infantes en las zonas occidental y oriental del país.
Si el discurso presidencial, imitado por funcionarios y dirigentes políticos del partido en el gobierno, advierte que todo lo hecho hasta ahora y las obras por venir son para defender y proteger a las clases más pobres, entonces deberíamos atacar lo medular y lograr la total unidad del pueblo en torno a un programa ejecutivo: por ejemplo: suprimir el modelo neoliberal y optar por un sistema acorde a las necesidades de crecimiento y desarrollo sostenido de la economía del país. No se trata de corregir desajustes heredados por pésimas gestiones pasadas, eso sería una curita sobre la herida sangrante; se trata de ir al fondo de los problemas, de implantar un modelo económico y social capaz de transformar muchas de las estructuras caducas y borrar todas esas desigualdades de la sociedad. Hacer oídos sordos de la apología de economistas y analistas de la derecha que siempre tratan o encuentran la manera de racionalizar sus consejos y asustar con el petate del muerto. O no los han escuchado cuando afirman que no “se debe poner más impuestos, ni criticar a los empresarios porque todo eso desalienta la inversión”. De hipócritas y cínicos está también pavimentado el camino al infierno.
En el mensaje presidencial del segundo año de gobierno esperábamos escuchar noticias esperanzadoras y no simples ecos lastimeros o excusas para justificar una, dos o tres medidas. Si el mandatario hubiera dicho que ya estaba superada la crisis financiera nacional y que nos encontramos en una nueva etapa de expansión y reactivación de la actividad económica, con nuevos programas para las mayorías poblacionales, con la “fábrica de empleos”, como algo práctico más que un mero símbolo, les aseguro que un estado de ánimo distinto, positivo y esperanzador, se reflejaría en los rostros de los salvadoreños, sobre todo de los que todavía esperan un empleo digno, un salario justo y una ilusión de superación para sus hijos.
Sin embargo, tenemos que reiterarlo, hasta ahora con las tibias medidas adoptadas por el Ministerio de Economía, Hacienda y Agricultura no se ha logrado tan siquiera contrarrestar el alza de los precios; no ha aumentado la producción agrícola y mucho menos la industrial; no han crecido las exportaciones y ni siquiera conocemos de nuevas plantas maquiladoras instalándose en el país. No ha disminuido la tasa de crecimiento del endeudamiento externo y nos encontramos en un nivel peligroso, tal lo vaticinan las organizaciones calificadoras de riesgos. No somos economistas; pero basta observar los índices y los prestamos adquiridos en los dos últimos años y aprobados por la Asamblea Legislativa para conocer el estado actual tanto de nuestras finanzas como de la deuda pública y privada.
No somos agoreros ni profetisas del mal; pero el presente y el futuro de nuestro país tienen negros nubarrones en el horizonte. Mucho falta por hacer y desarrollar en los últimos tres años que le restan al actual gobierno. Debe lograrse coherencia ideológica y operativa en el gobierno. Aquí está la clave. Para enfrentarse a una primitiva oligarquía y a una voraz burguesía, deben limarse asperezas y cerrar las fisuras que se advierten dentro del propio sector público. Si queremos destruir un modelo económico y social totalmente adverso a las necesidades de las mayorías e implantar un modelo distinto con una “economía hecha por todos y para todos” se debe actuar con energía, de frente a las presiones nacionales e internacionales y apoyarse en la fortaleza del pueblo salvadoreño. Si en verdad hablamos de “un cambio” este gobierno y sus legítimos aliados tienen la fuerza y la capacidad para dirigir efectivamente la economía en beneficio popular. Si lo pensaron y lo mantienen en la mente, no soy tan iluso y estoy plenamente convencido de la fuerza telúrica descansando todavía en la profundo de la conciencia de las mayorías populares.




