12.1.12

Las pastillitas de esperanza

Las cúpulas empresariales al acusar al gobierno de “atentar contra la estabilidad y el clima de inversiones” no tienen que hacer ningún retorcimiento dialéctico para urgir a los dos restantes poderes del Estado a no aprobar leyes o declarar inconstitucionales aquellas que no están adecuadas a sus particulares intereses. Con lo cual, a menos que se olvide el valor de las palabras, el propio presidente de la ANEP, goza de suficientes argumentos para seguir con su agenda política y plegarse claramente a los dictados del partido Arena. También en ese su llamado de gobernar “para todos” (“salvadoreños somos todos”, gusta de afirmar), quedan incluidos los famosos grupos de presión, que llevan muchos años en el disfrute de la hacienda pública hecha para ellos.

Estas voces, a las que podríamos añadir otras, están claramente contra toda obra de promoción social del gobierno; pero al mismo tiempo están cumpliendo su función política de asumir la realidad, tal como la interpretan ellos; es una dualidad peligrosa pues expresan públicamente “su deseo” de colaborar con el gobierno, en una especie de cinismo sobre la urgencia de asistir a las mayorías para no afectarlas con el alto costo de la vida, pero son los grandes comerciantes, los industriales, los dueños de laboratorios, importadores y distribuidores, los que mantienen precios elevados en alimentos, medicinas y toda clase de artículos necesarios para el hogar.

No son tales enfrentamientos o rechazos a determinadas medidas gubernamentales los que contribuirán a la estabilidad, seguridad y desarrollo del país. Ojalá que fueran voces bien congruentes con la política bien manejada que exhorta, exige la participación en la discrepancia. Lo que falta, nos parece, es que las discrepancias razonadas y razonables se traduzcan en actos de justicia social, para esas mayorías que cada vez tragan con menos resignación las “pastillitas de esperanza” que con tanta frecuencia les recetan, sin decir dónde queda la farmacia, la retórica empresarial y oficial.

Iremos bastante mal si a la postre resulta que las discrepancias razonadas y razonables, sólo sirven para que los corazones cándidos se feliciten por nuestra “libertad oratoria”. Iremos adentrándonos más en ese insultante surrealismo que por un lado grazna o bala sobre las irrestrictas libertades políticas de los salvadoreños y por la otra se encuentra con esas descabelladas medidas de la alcaldía de San Salvador tratando de crear “embudos” en determinadas calles capitalinas para impedir las concentraciones y manifestaciones de los trabajadores y empleados públicos. Tal surrealismo, como esa maña de cortar árboles y colocar en su lugar banderas, nos tiene infestados hasta los tuétanos y los resultados los tenemos todos a la vista: confusión, dispersión, desánimo, incredulidad.

Alguien decía: “mientras más tiempo pasa, los ricos son más ricos y los pobres se acercan más a la total miseria. Si esto en El Salvador ha venido funcionando como una de nuestras más graves y peligrosas realidades, parece urgente, imperativo, el abandono de esa fórmula de conciliación que las voces más advertidas, dentro y fuera del sistema, vienen contrastando con la realidad y demostrando por un lado su buena voluntad y por el otro su radical ineficacia. Cabe repetir que, hasta ahora, el gobierno ha demostrado su capacidad para adaptarse a requerimientos no previstos, sobre todo para aceptar modificaciones, correcciones y puntos de vista a sus medidas “sugeridos” por la empresa privada, al menos un sector minoritario de ella, es decir los “grandes millonarios”.

Uno diría que una vez conocidos los señalamientos, identificados los detractores y ubicados en determinada agenda política, vendrían los urgentes cambios a profundidad; pero no es así: existen voces ocultas, grandes poderes económicos y políticos que se oponen tanto a cambios profundos en nuestra modelo como en la política de relaciones internacionales. Desgraciadamente no hemos logrado autonomía ni independencia en ninguno de esos apartados. En tal sentido, los dueños de la “última palabra” pueden estar seguros que terminará la actual gestión y sus intereses no serán tocados ni siquiera amenazados. El hombre “siente y piensa” como todos nosotros.

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