3.1.12

Por un país con empleo y seguridad

Los últimos años han sido difíciles para la población salvadoreña, nos referimos desde luego a la gran mayoría, la de menos recursos y las familias ubicadas en el rango de extrema pobreza. Los distintos sondeos de opinión realizados el año pasado, más la propia constatación de precios en los centros comerciales y en los mercados, permitió establecer el ofensivo alto costo de la vida. El año nuevo tampoco presagia cambios y relativa prosperidad en los hogares salvadoreños.

Las declaraciones del presidente del Banco Central de Reserva, Carlos Acevedo, más los pronósticos de FUSADES (tanque de pensamiento de la oligarquía), así como estudios de algunos economistas alejados de la agenda partidaria de Arena, nos deberían inducir a tomar imperativas determinaciones: el ritmo de la productividad en la economía salvadoreña es apenas perceptible. La falta de capacitación domina el medio. Se desperdicia lo que no se tiene y cuesta caro. No se distingue entre trabajar más y producir más (no es lo mismo). Falta aún una conciencia de la organización en la fuerza del trabajo, las inversiones (no hemos podido precisar a cuanto ascendieron el año recién pasado), la técnica, la administración.

Carecemos de muchas cosas; pero lo que más falla es la mano de obra. Pero sería una injusticia atribuir a una intención del operario, del trabajador, del artesano (para todos ellos mi profundo respeto y reconocimiento y mis mejores deseos por un año de mayores incentivos y perspectivas) que hace un servicio en la casa, esa falta de responsabilidad que nos exaspera; la ineficacia, la solución del remiendo y del “ahí se va”. Les he contado en otros comentarios del sastre al que apodaban “así se queda”, pues veía una línea mal trazada, una costura deficiente y no se molestaba en corregirla. Esto forma parte de una conducta no elaborada conscientemente, reflejo de una larga, antigua situación general donde predomina la improvisación, el afán de aprovechar “lo que caiga”, porque también existe, al mismo tiempo, una seria desocupación que provoca una fuerte lucha en el mercado de trabajo, donde no es siempre la aptitud lo que gana. Un reto interesante, un desafío, para la empresa privada y el gobierno: generar empleos y producir más, exportar más y llevar bienestar a la familia salvadoreña.

Sin embargo, la improvisación abarca, en su nivel respectivo, a la mayoría de los empresarios y administradores. Va desde los gerentes hasta los trabajadores. Es un todo y nos afecta a todos. Y en estas condiciones, cuando se debe producir más por medio de una mayor productividad, aparecen los enfrentamientos y las cúpulas empresariales siguiendo una agenda partidaria. Las acusaciones y recriminaciones contra el gobierno por “sus temerarias medidas contra la iniciativa privada”. Es decir: una pequeña reforma al impuesto sobre la renta causa furor, escozor, el principio de una contienda y una tensión entre dos actores importantes para la buena marcha del Estado: no terminará hasta pasadas las elecciones de diputados y concejos municipales. Aumentarán los ataques, las campañas mediáticas y las presiones en ruta hacia las presidenciales del 2014. Así no es posible lograr tranquilidad y un esfuerzo sostenido para sacar adelante la economía y la estabilidad jurídica del país. Por los vientos que soplan, tendremos más de lo mismo en este año que recién comienza.

Al respecto nos preguntamos ¿es que el salvadoreño, a cualquier nivel de producción, con sus constantes vacaciones, sus inevitables “puentes” de fin de semana, sus escapes, sus desconfianzas, sus resentimientos y amarguras por la larga explotación colonial, está hecho de materia muy diferente al chileno, al alemán, al japonés, al norteamericano, o cualquiera de los otros pueblos que en productividad se llevan la palma? La respuesta debe ser: no. Pero si examinamos factores culturales, sociales, económicos antiguos y actuales, se encuentran las diferencias, y entonces, en función de tales factores distintos, la respuesta es: sí. Por lo tanto, tiene remedio. El cómo y el cuándo son las respuestas difíciles, pero también existen.

Lo decimos porque en este país de milagrerías, de tan encendidos contrastes, hay gente muy preparada. Pero de cinco millones viviendo en este territorio, sólo 500 mil, para ser optimistas, tiene una preparación óptima para, en términos generales, adoptar decisiones personales adecuadas. La culpa no es del salvadoreño sino de quienes siempre lo hicieron compadres en la desigualdad. Conocen pues el refrán o el chiste del “indio no tiene la culpa, la tiene el que lo hace compadre.

Como el año recién comienza y el tema da para mucho más, les prometemos (estamos en tiempo de campañas electorales) siguen profundizando, sobre todo en el alto costo de la vida, el desperdicio de los recursos humanos y materiales, la productividad, la necesidad de mayor educación y capacitación tanto para emisores como receptores. Es decir profesores y alumnos, administradores y trabajadores, en el proceso cultural, nunca iniciado y hasta dedicado a determinados sectores de la sociedad salvadoreña. Por de pronto, mis mejores deseos y propósitos para un año 2012 lleno de prosperidad y felicidad para todos.

0 comentarios:

Translate