6.2.12

Solución integral para San Salvador

El centro de San Salvador hace muchos años se convirtió en un gigantesco mercado al aire libre. Las ventas proliferan por todos lados, el desorden es manifiesto. En el centro del “problema”, subyace el desempleo, la necesidad de los comerciantes (en su mayoría mujeres) de llevar alimento a su familia. No se trata únicamente de champas o galeras improvisadas, hay mucho más…

La contaminación ambiental es otro, así como los problemas de la transportación que llegan ya casi a un callejón sin salida, en algunas zonas; no es lo más desdeñable la pérdida de tiempo en ese traslado. Cuando se producen los congestionamientos en la carretera Panamericana, fácilmente se gastan dos o tres horas en el trayecto de Soyapango a San Salvador y viceversa. Igual problema se sufre en el trayecto de Los Chorros a Santa Tecla. O si lo prefieren de Apopa a la capital.

Estas consideraciones y problemas los recordamos cuando escuchamos recientemente al viceministro de Transporte, Nelson García, anunciar el nuevo plan de Sistema Integrado de Transporte Público que en tres etapas: Soyapango-Metrocentro; Metrocentro-Salvador del Mundo; Salvador del Mundo-Lourdes, se pondrá en funcionamiento en las próximas semanas. Explicó cómo funcionará y las vías por ocupar exclusivamente para los autobuses. No lo escuchamos hablar del pasaje y hacer alusión a los problemas de la concentración exagerada en determinados puntos de esos trayectos, así como de los trasbordos y de uso de otras arterias para los automóviles particulares y los camiones de carga, así como furgones y otro tipo de transporte. Suponemos que ya ha sido contemplado y figura en ese plan maestro elaborado por “expertos” en la materia. Desde luego, no se refirió a la contaminación y al uso de espacios seguros para los transeúntes.

En nuestros breves viajes al exterior hemos conocido algunas ciudades que con mucha creatividad han resuelto estos problemas. No penetramos lo suficiente en su vida para saber si esta autosuficiencia no era engañosa. Ciudades edificadas en torno a una plaza principal y no más de media docena de plazoletas, tal vez algunos canales, atravesadas, o flaqueadas, por alguna carretera importante, expeditamente comunicadas, por ferrocarriles frecuentes o hasta por tranvías con otras congregaciones, próximas o distantes; a veces algún viejísimo árbol, o una fuente, recuerdan los tiempos, hace siglos, en que se reunía la población en un punto, por las tardes, para charlar y cambiar informaciones, o, por las mañanas (y eso todavía está vivo en Praga) para el mercado. Pequeñas ciudades como la mencionada, o Quito, Cuernavaca o San José, Costa Rica, tienen su catedral, y otras cuatro o cinco iglesias (nunca tantas como las que tienen Roma y Puebla), su hospital, fundado hace muchos años, su museo, como Barcelona; sus escuelas públicas y colegios privados, universidades; y algún teatro, más una sala de conciertos (en San Salvador utilizamos la Plaza Barrios para toda clase de actividades, desde concentraciones políticas hasta festivales musicales, con el inmenso congestionamiento que se produce); en esos lugares las tiendas no suelen ser muy grandes, ni tienen el carácter de almacenes generales, sino están especializadas.

Recorrer una calle o una plaza en que hay ocho o diez de ellas, en que se encuentra todo lo que puede buscarse, desde víveres y ropa hasta libros, discos, regalos, es menos fatigoso y lleva menos tiempo que atravesar un supermercado de diez mil metros cuadrados, como los que ahora se usan. En San Salvador no ha existido creatividad de las municipalidades ni mucho menos del gobierno central (me refiero a los del pasado, pues al menos el presente ya pondrá en marcha el novedoso sistema de transporte integrado). Han proliferado las ventas ambulantes, por diversas causas, y cuando se ha intentado “poner cierto orden”, se ha recurrido a la violencia y a la represión contra los vendedores. Una cosa es ornamentar y limpiar plazas públicas y otra muy distinta comprometerse en un plan integral que ponga al ser humano al centro de todas las soluciones.

Los ejemplos abundan en esas pequeñas urbes y otras no tantas que hemos citado. Quienes las habitan no necesitan tener automóvil, pues todo queda, la escuela, el templo, el mercado, el cine, a menos de trescientos metros; casi ni teléfono necesitan, pues todo el mundo ve a todo el mundo a ciertas horas, en la calle o en el café; no hay polución del aire, no hay ruido excesivo (en Canadá se sanciona drásticamente a los automovilistas que contaminan y hacen mucho ruido), no hay desperdicio de tiempo; parece que el tiempo sobra, que para todo alcanza; hasta para leer un poco, no nada más el periódico, a la sombra de los árboles de una calzada, o de una diminuta plaza.

San Salvador podría ser una metrópoli pujante, ordenada, segura, próspera, si fuera administrada por alcaldes creativos, inteligentes; no por políticos arrogantes, prepotentes y hasta tercos. El estar decidido a “ordenar cueste lo que cueste” debe significar dar un trato digno a los vendedores, ofrecerles opciones y no simplemente represión y garrote. Con el Plan de Transporte Integrado propuesto por el gobierno central, las autoridades municipales deben de colaborar y no oponerse por simples pilas ideológicas, hasta el presente es la mejor opción y por esa misma vía todos los habitantes de este municipio podemos salir ganando. Esa es la cuestión.

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