Es cosa común escuchar a los salvadoreños referirse a la situación económica del país, a la falta de empleos y a la creciente delincuencia; pero también es frecuente oír cómo la capacidad de trabajo, la audacia y las “ganas” de salir adelante hacen superar muchos escollos. Es paradójico hablar de crisis cuando los fines de semana los restaurantes y los “chupaderos” están a reventar, comentan otros. Hay explicaciones, dudas y resquemores para todo.
En épocas de dificultades económicas como la presente, la minoría, esa especie de sociedad industrial -- desde el punto de vista del consumo, una vez más -- acostumbrada al uso y disfrute de bienes y artículos caros, no interrumpe su ritmo de compras. Los ubicados en las capas medias también copan los centros comerciales y los bares. Las grandes mayorías, por supuesto, nada más miran como el chino de la frase chusca. Esas líneas no resienten a fondo la carestía determinada por las tendencias inflacionarias y por el aumento que, en todos los renglones -- bienes caros y artículos populares -- impone la especulación general del comercio. La producción o la búsqueda de los artículos por la vía de la importación, subsiste. Pero, en cambio, baja la producción de artículos de consumo necesarios. La producción se vuelve estática y el consumo se restringe por la carestía. Las compras se reducen por eso, y por el otro factor inseparable que es la desvalorización real del salario e ingreso familiar a causa de los efectos inflacionarios del dinero.
Al llegarse a coyunturas económicas como la presente, el país paga, en la cabeza y en el estómago de la mayoría, la población trabajadora, pues y las capas medias consumidoras, la equivocación de enfoque, a cuya rectificación deben apuntar todos los planes y medidas desde el ente rector llamado Ministerio de Hacienda y en menor medida el Banco Central de Reserva, pues desde la infame “dolarización” nos quedamos sin política monetaria. Desde luego, todo ajuste siempre irrita a las minorías privilegiadas. Estamos en una sociedad de contrastes, determinados por un buen número de salvadoreños cuyo ingreso per capita los mantiene en condiciones de subsistencia, y otro número, mucho menor, de ingresos exagerados que originan la estrechez del mercado. Junto a eso, sufrimos la presión de medios publicitarios típicos de un sistema capitalista con remanentes feudales, que manipulan la masa de consumidores, y le imponen patrones de consumo que no sólo no corresponden a la idiosincrasia, sino, y esto es lo más grave, sobrepasan los índices reales de ingreso.
Bajo esos estímulos enajenantes, se le ofrecen consumos diseñados por otra sociedad, como la de los Estados Unidos, con base en artículos costosos e ingresos opulentos, que sólo pueden ser consumidos -- entre nosotros; en el Norte por una proporción mayor -- por un mínimo mercado: el de los privilegiados viviendo como si no existiera ninguna crisis. Porque para ellos no existe realmente. Por el lado contrario también estamos inundados de artículos de baja calidad producidos en China y su isla rebelde conocida como Taiwán. La situación es tal que la misma fábrica Adoc se vio obligada a adquirir zapatos no para competir sino al menos para subsistir.
La tecnología industrial y mercantil debe ser aprovechada para incrementar el caudal de artículos y satisfactores duraderos y baratos, para ampliar el mercado de la gran masa cuyos ingresos menores se ven ahora afectados por las contingencias mencionadas. Las campañas publicitarias, que con frecuencia sirven los intereses de las grandes compañías transnacionales, se orientan de forma que corresponde al gusto y la posibilidad de la minoría altamente consumidora, y de paso crea estímulos y presiones en los presupuestos familiares de los estratos bajos, que aspiran, bajo grave error psicológico, a lo mismo. Es un constante querer y no poder, con consecuencias terribles de endeudamiento y dependencia, porque todo el mundo quiere, naturalmente, lo mejor. Y lo mejor, mis amigos, está cargado de fabricaciones superfluas. Con todo, debemos admitir: el lujo y las adherencias impresionantes de los diseños, atraen al rico y al pobre. El mercado general se ve lleno de estímulos tendiente a que se cambie el refrigerador, el televisor, el automóvil, en sucesivos mejoramientos no esenciales, sino suntuarios. Esos estimulantes de la enajenación, la transposición mecánica de otros estilos, lamentablemente, llegan también a la gran masa de consumidor que necesitan alimentos y ropas esenciales.




